ORDEN
HOSPITALARIA DE SAN JUAN DE DIOS
PROYECTO SOBRE FUENTES Y BIBLIOGRAFIA JUANDEDIANAS
Historia de la vida y sanctas obras de Iuan de Dios, y de la institución de su
orden, y principio de su hospital. Compuesta por el Maestro Francisco de
Castro, Sacerdote Rector del mismo hospital de Iuan de Dios de Granada.
Dirigida al Ilustrissimo Señor Don Iuan Mendez de Salvatierra, Arçobispo de
Granada. Con privilegio. En Granada, en casa de Antonio de Libríxa. Año de
MDLXXXV.
(Transcripción de la obra de Francisco de Castro hecha por GOMEZ-MORENO,
Manuel, San Juan de Dios. Primicias Históricas Suyas. Dispuestas y Comentadas
por Manuel Gómez-Moreno. (Madrid 1950).
Francisco de la Torre Rodríguez
Madrid, Marzo de 1997
INDICE
CAPITULO I
DEL NASCIMIENTO Y NATURAL DE IOAN DE DIOS.
CAPITULO II
DE OTRO CASO QUE LE SUCEDIO A IOAN EN LA GUERRA, QUE FUE MEDIO DE DEXALLA.
CAPITULO III
COMO VOLVIO A SU TIERRA IOAN DE DIOS, Y LO QUE LE SUCEDIO.
CAPITULO IV
DE LO QUE DESPUES DESTO LE SUCEDIO A IOAN DE DIOS.
CAPITULO V
DE LO QUE LE SUCEDIO A IOAN DE DIOS HASTA VOLVER A ESPAÑA.
CAPITULO VI
DE LO QUE SUCEDIO A IOAN DE DIOS HASTA SU CONVERSION POSTRERA A DIOS.
CAPITULO VII
DE LA CONVERSION DE IOAN DE DIOS PARA EL SEÑOR.
CAPITULO VIII
DE LO QUE DESPUES SUCEDIO A IOAN, Y COMO FUE TENIDO POR LOCO.
CAPITULO IX
COMO EL PADRE AVILA ENVIO A VISITAR Y CONSOLAR A IOAN DE DIOS AL HOSPITAL.
CAPITULO X
DE COMO IOAN DE DIOS FUE A NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE EN ROMERIA.
CAPITULO XI
COMO IOAN DE DIOS VOLVIO A GRANADA, Y POR CUYO CONSEJO.
CAPITULO XII
DEL PRIMER HOSPITAL QUE TUVO IOAN DE DIOS.
CAPITULO XIII
DE OTRAS OBRAS EN QUE SE EXERCITABA EL SIERVO DE DIOS.
CAPITULO XIV
DE LA GRAN CARIDAD DEL HERMANO IOAN DE DIOS.
CAPITULO XV
DE LA PACIENCIA DE IOAN DE DIOS Y DE SU MUCHA HUMILDAD.
CAPITULO XVI
COMO LE COMPRARON A IOAN DE DIOS UNA CASA PARA HOSPITAL, Y OTRAS COSAS QUE
DESPUES SUCEDIERON.
CAPITULO XVII
DE LA PENITENCIA DEL SIERVO DE DIOS, Y DEL PRINCIPIO DE SU HABITO.
CAPITULO XVIII
DE SU CONTINUA ORACION, Y COMO FUE PERSEGUIDO DEL DEMONIO Y DIXO ALGUNAS COSAS
OCULTAS ANTES QUE SUCEDIESEN.
CAPITULO XIX
DEL FERVIENTE CELO QUE TENIA DE LA HONRA DE DIOS Y DE LA SALVACION DE SUS
PROXIMOS.
CAPITULO XX
DE LA MUERTE DE IOAN DE DIOS.
CAPITULO XXI
DEL ENTERRAMIENTO Y OBSEQUIAS DE IOAN DE DIOS.
CAPITULO XXII
DE LO QUE SUCEDIO DESPUES DE LA MUERTE DE IOAN DE DIOS.
CAPITULO XXIII
DE EL ORDEN QUE HOY DIA TIENEN LOS HERMANOS DEL HOSPITAL DE IOAN DE DIOS, Y EL
FRUCTO QUE POR TODAS PARTES HAN HECHO.
CAPITULO XXIV
DE LA VIDA DE PEDRO PECADOR
CAPITULO XXV
DE LA VENIDA DE PEDRO PECADOR AL HOSPITAL DE IOAN DE DIOS, Y DE SU MUERTE.
CAPITULO XXVI
DEL TRASLADO EN LENGUA CASTELLANA DE LA BULA DE FUNDACION E INSTITUCION,
APROBACION Y CONFIRMACION DEL HOSPITAL DE IOAN DE DIOS DESTA CIUDAD DE GRANADA,
Y LA LICENCIA Y CONCESION QUE SE DIO AL HERMANO MAYOR Y HERMANOS QUE PIDEN
LIMOSNA PARA LOS POBRES DEL DICHO HOSPITAL, PARA QUE PROFESASEN Y TOMASEN
HABITO DE CAPOTE DEBAXO DE LA REGLA DE SANT AGUSTIN, Y HICIESEN VOTO DE
OBEDIENCIA AL PERLADO, POR EL MUY SANCTO PADRE PIO QUINTO DE FELICE
RECORDACION.
CAPITULO I
DEL NASCIMIENTO Y NATURAL DE IOAN DE DIOS.
En el año del Señor de mil y quinientos y treinta y ocho, reinando en España el
Emperador Carlos quinto, y siendo Arzobispo de la ciudad de Granada don Gaspar
de Avalos, valeroso, prudente y buen pontífice, y que alcanzó felicidad en sus
tiempos, de florecer en su obispado hombres señalados en sanctidad y virtud;
entre los cuales fue uno, pobre, baxo y desechado en los ojos de los hombres,
pero muy conocido y estimado en los de Dios, pues mereció llamarse de su
apellido Ioan de Dios. El cual fue de nación portoguesa, de un pueblo llamado
Montemayor el Nuevo, que es en el obispado de Evora en el reino de Portugal:
nació de padres medianos, no ricos ni pobres del todo; criose con sus padres
hasta edad de ocho años, y de allí, sin sabello ellos, fue llevado por un
clérigo a la villa de Oropesa, donde vivió mucho tiempo en casa de un buen
hombre llamado el Mayoral. Como fue de edad suficiente, lo envió al campo en
compañía de otros criados suyos que guardaban ganado; servía de llevar y traer
bastimento y lo que era menester para los pastores con toda diligencia, porque
como le faltaron los padres en tan tierna edad, procuró de agradar y servir a
este buen hombre, en el oficio que está dicho y de pastor, todo el tiempo que
en su casa estuvo, por donde le tenían mucha voluntad sus amos, y era querido
de todos. Siendo mancebo de veinte y dos años le dio voluntad de irse a la
guerra, y asentó en una compañía de infantería de un capitán llamado Ioan
Ferruz, que a la sazón enviaba el Conde de Oropesa en servicio del Emperador
para el socorro de Fonterrabía; cuando el Rey de Francia vino sobre ella;
movido Ioan con deseo de ver el mundo y gozar de libertades, que comúnmente
suelen tener los que siguen la guerra, corriendo a rienda suelta por el camino
ancho (aunque trabajoso) de los vicios, donde pasó muchos trabajos, y se vio en
muchos peligros. Estando, pues, en esta frontera, un día faltóles a él y sus
compañeros la provisión; y como hombre mancebo y más diligente, ofrecióse a ir
a buscar de comer a unas caserías o cortijos, que estaban de allí algo
apartados; y para ir y volver con más brevedad subió en una yegua francesa, que
de los contrarios habían tomado; y siendo como dos leguas apartado de las
estancia de donde había salido, la yegua, reconociendo la tierra donde solía
andar, arremetió furiosamente para entrarse en su natural, y como no llevaba
freno más que un cabestro con que la guiaba, no pudo ser parte para detenerla;
y tanto corrió por el halda de una sierra, que dio con él un gran golpe entre
unas peñas, donde estuvo sin sentido más de dos horas, echando sangre por la
boca y por las narices y fuera de todo su sentido, como muerto, sin haber por
allí quien le viese y socorriese en tanto peligro. Vuelto en sí atormentado de
la caída que había dado, y visto que corría otro peligro no menor, de ser preso
de los contrarios, se levantó lo mejor que pudo de tierra; no pudiendo apenas
hablar, se hincó de rodillas, los ojos puestos en el cielo, invocando el nombre
de nuestra Señora la Virgen María, de que siempre fue devoto, comenzó a decir:
Madre de Dios, sed en mi ayuda y favor y rogad a vuestro sancto hijo me libre
deste peligro en que estoy, y no permita que sea preso de mis enemigos.
Esforzóse algún tanto, y tomando un palo en las manos, que allí halló, con que
se ayudaba a andar, se fue poco a poco adonde los compañeros estaban
esperándole. Como lo vieron venir tan mal tratado, creyendo que los enemigos
habían encontrado con él, le preguntaron cómo venía así. El les contó el caso
de lo que le había acontecido con la yegua, y ellos le hicieron acostar en una
cama, y le hicieron sudar con mucha ropa que le echaron encima, y así de ahí a
pocos días guareció y estuvo bueno.
CAPITULO II
DE OTRO CASO QUE LE SUCEDIO A IOAN EN LA GUERRA, QUE FUE MEDIO DE DEXALLA.
No pasaron muchos días en que se vio en otro peligro mayor que éste; y fue, que
su capitán le dio a guardar cierta ropa, que había tomado a unos soldados
franceses, y descuidándose y no poniendo en ella buen recaudo, se la hurtaron;
y sabiéndolo el capitán, recibió dello tanto enojo, que sin querer oir los
ruegos de muchos soldados que por él rogaban, le mandó ahorcar de un árbol.
Acertó a pasar por allí una persona generosa, a quien el capitán tuvo respecto,
y sabida la causa le rogó, que no acabase de poner en execución lo mandado, y
que no pareciese más adelante del capitán, y que se fuese luego del campo.
Viendo Ioan el peligro en que andaba su vida, y el mal pago que el mundo daba a
quien más le seguía, determinó de volverse a Oropesa en casa de su amo Mayoral,
y tornar a la vida quieta de pastor que antes había tenido, pareciéndole cuan
más segura era para todo que la de la guerra. Mucho contento recibió su amo con
él, porque lo amaba como a hijo, por ser fiel y diligente y habello criado en
su casa. Estuvo esta segunda vez con él sirviéndole cuatro años, al cabo de los
cuales, como la juventud no suele reposar en los mozos, ni asentar con pocas
experiencias, estando un día con sus compañeros en el campo con el ganado, supo
cómo el Conde de Oropesa pasaba con gente a Hungría en servicio del Emperador,
cuando fue a Viena a resistir la entrada por allí del Turco. Informado bien
Ioan desto, determina pasar en la casa del Conde, como en efecto pasó, no se le
acordando ya de lo que había pasado en Fonterrabía. Todo el tiempo que el Conde
estuvo en Hungría en el campo del Emperador sirvió Ioan con mucha diligencia en
su casa, de manera que era amado de todos. Fenecida la guerra y retirado el
Turco, se volvió con el Conde por mar a España, y desembarcando en el puerto de
la Coruña vino a Oropesa, y Ioan desembarcó con él.
CAPITULO III
COMO VOLVIO A SU TIERRA IOAN DE DIOS, Y LO QUE LE SUCEDIO.
Así como el Conde desembarcó, tuvo gran deseo Ioan de ir a su tierra, porque le
pareció desde allí cómodo camino, y porque nunca más allá había tornado después
que della salió siendo niño, y por saber de sus padres y parientes. Se puso en
camino y llegó a Montemayor el Nuevo, y preguntando por sus padres, ninguno de
sus parientes le conocía, como había salido tan pequeño de la tierra, ni le
sabían dar razón dellos, porque aun los nombres de sus padres no sabía; y
andando de unos en otros, topó un tío suyo, viejo honrado y de buena vida, y
hablando con él y por las señas que daba de sus padres y en la physonomía del
rostro le conoció, y preguntó qué había sido dél después que salió de aquella
tierra. Ioan de Dios se lo contó, y le dio parte de todo lo sucedido después
que le sacaron de casa de su padre; y habiendo hablado los dos gran parte del
día, preguntándose el uno al otro, le dixo el tío: Hijo, habeis de saber que
vuestra madre falleció de ahí a pocos días que a vos os sacaron desta tierra, y
según fue su dolor y pena que sintió de vuestra ausencia, y de no saber quién
os había llevado ni dónde ni cómo, siendo tan chico, entendimos todos que la
pena desto había acortado tan presto sus días y fue la principal causa de su
muerte; y de vuestro padre, de ahí a pocos días, como se vio sin mujer y sin
hijos, se fue a Lisboa donde se metió en un monasterio y recibió el hábito del
señor san Francisco, y en él acabó muy sanctamente sus días. Por tanto, si vos,
hijo, queréis reposar en esta tierra y estar en mi casa, yo os favoreceré y
tendré en lugar de hijo todo el tiempo que quisiéredes mi compañía, como lo
vereis por la obra. Mucho sintió Ioan de Dios la muerte de sus padres, y
especial por parecelle que había él sido parte de sus trabajos, y bien lo
mostraba llorando y diciendo muchas lástimas, que provocaba a lágrimas de su
tío, y así le agradeció mucho esta voluntad y lo que que por él había hecho; y
viéndose sin padres y solo y no conocido de sus deudos, después de pasado gran
rato, le dixo: Señor tío, pues Dios fue servido de llevarse a mis padres, mi
voluntad es de no quedar en esta tierra, sino de buscar a donde sirva a nuestro
Señor fuera de mi natural, como mi padre lo hizo, y dello me dexó tan buen
exemplo; y pues he sido tan malo y pecador, razón es que, pues el Señor me ha
dado vida, que la que fuere la emplee en hacer penitencia y serville; que yo
confío en mi señor Iesu-Cristo que me dará su gracia para que este deseo le
ponga muy de veras en execución; por tanto deme su bendición y encomiéndeme
mucho a Dios que me tenga de su mano, y nuestro Señor le pague la buena
voluntad y recibimiento que en su casa me ha hecho. Y el tío le dio su
bendición, y abrazándose los dos se despidieron no sin abundancia de lágrimas,
y mirando al cielo el buen viejo le dixo: Señor, que ha de favorecer muy de
veras vuestros buenos deseos, y que las oraciones de vuestros buenos padres os
han de ayudar mucho para que les vais a tener compañía.
CAPITULO IV
DE LO QUE DESPUES DESTO LE SUCEDIO A IOAN DE DIOS.
Despedido ya del tío y recebida su bendición, se vino para el Andalucía, y en
tierra de Sevilla asentó por ganadero de una señora de ganado, donde estuvo
algunos días exercitándose en aquel oficio; que como se había criado en él,
teníale más afición que a otro ninguno. Y así parece que nuestro Señor le quiso
exercitar en estos dos oficios algún tiempo, de pastor y de la guerra, los
cuales son muy apropiados, y se ofrecen muy a la mano, especial el de la
guerra, a la vida espiritual; que es tan propia a ella, que bien echa de ver el
hombre, en comenzándola, que no le conviene jamás dexar las armas de la mano,
peleando a todas horas con demonio, mundo y carne, como bien lo hizo Ioan; se
exercitó en el de pastor, siéndolo y caudillo de tantos pobres y miserables,
procurándoles con tan buena industria el pasto espiritual y temporal y la cura
de sus cuerpos. Y así decía él, que le daba gran dolor, cuando estando en casa
del Conde de Oropesa vía en la caballeriza los caballos gordos y lucios y bien
encubertados, y los pobres flacos y desnudos y mal tratados; y él entre sí
decía: Y cómo, Ioan, ¿no será mejor que entiendas en curar y apacentar los
pobres de Iesu-Cristo, que no bestias del campo? Y sospirando decía: Dios me
traiga a tiempo que lo haga. Y con este vehemente deseo, y como por entonces no
vía el camino que nuestro Señor le había de dar para serville (aunque le había
dado la voluntad), andaba triste y no tenía sosiego ni reposo, ni le daba
contento ya el guardar las ovejas. Y así, después que estuvo algunos días con
esta señora, un día, estando pensando qué haría para dexar el mundo, le dio
gran voluntad de pasar a las partes de Africa y ver aquella tierra y estar
algún tiempo en ella, y luego lo puso por la obra; y despidiéndose de su ama se
fue para Gibraltar, que es frontera de Ceuta, y como nuestro Señor le
encaminaba para que, con algunas obras de caridad heroicas en que se
exercitase, mereciese algo de la merced que le había de hacer, enderezóle a que
topase en Gibraltar un caballero portogués que topó; el cual con su mujer y
casa y cuatro hijas doncellas pasaba a Ceuta, desterrado por el Rey de Portugal
por ciertos delictos que había cometido, por los cuales le había quitado toda
su hacienda y mandado que sirviese en aquella frontera ciertos años. Pues como
hablase con él y le contase su intención, él se ofreció de llevalle y hacelle
muy buen tratamiento, y pagárselo muy bien. Desta manera concertados los dos,
se embarcaron y llegaron a Ceuta.
CAPITULO V
DE LO QUE LE SUCEDIO A IOAN DE DIOS HASTA VOLVER A ESPAÑA.
Como hobieron todos llegado a Ceuta, de tal manera probó la tierra a este
caballero y a su casa que así por esto es de creer, como por la pena grande que
tenían de verse desterrados y pobres, todos cayeron malos. Lo cual fue causa de
acabar de gastar lo poco que traían y verse en suma necesidad; de manera que
les fue forzado pedir socorro a Ioan de Dios, que aunque flaco, por entonces
fue el mayor que se les ofreció, según el lugar y el tiempo. Y así, acordó el
caballero de llamar a Ioan en secreto y descubrille toda su necesidad,
representándole cuan forzoso era, por acudir a aquellas pobres doncellas
honestas y que se habían criado en abundancia, y rogándole, pues todos no
tenían otro remedio, que le pluguiese de ir a trabajar a las obras del Rey, que
a la sazón se hacían en la misma Ceuta, de la fortificación de unas murallas. y
que de lo que le diesen comerían todos. Oídas por Ioan estas razones (que de
suyo movían tanto, y especial el corazón de Ioan, que y lo estaba mucho para
cualquiera obra que conocía ser servicio de nuestro Señor, y de quél se
agradaba) fueron para él de tanta persuasión, viendo que le abría camino para
su deseo, que a la hora se le ofreció muy de voluntad a hacello como se le
pedía; y así lo hizo todo el tiempo que en su casa estuvo, dándole cada noche
el jornal que ganaba de buena voluntad, viendo que con él se mantenían aquellas
pobres doncellas y sus padres. Y (si) acontecía, que Ioan por algún impedimento
no iba a trabajar o no lo traía, habiendo trabajado, por no dárselo, no lo
comían, y así pasaban con mucha paciencia sin dar cuenta a nadie. Era tan buena
esta obra, y al parecer tan acepta a nuestro Señor, que algunas veces decía
Ioan de Dios, que entendía que nuestro Señor por su mucha bondad le había
encaminado a que se exercitase aquel tiempo en aquella obra para que mereciese
algo de la merced que después le había hecho. Viendo, pues, el demonio, nuestro
adversario, el fructo desta buena obra ser tal para el que la hacía y lo que la
recibían, procuró impedille con su acostumbrada malicia; y fue así, que siendo
la gente que andaba en las obras maltratada de los ministros del Rey, así de
obras como de palabras, como si fueran esclavos, y no pudiendo ellos, por ser
frontera, usar de su libertad e irse a tierra de cristianos, algunos de mal
sufridos, y como es de creer, de malas costumbres, se iban a tornar moros
huyendo a Tituán, que está cerca; entre los cuales fue un compañero de Ioan,
con quien había trabado amistad, que sin dalle parte de nada, engañado del
demonio, se huyó y se fue a tornar moro. Fue tan grande el dolor que Ioan de
Dios sintió de la desventura de su compañero, que no hacía sino llorar y gemir;
diciendo: Oh ¡pobre de mí!, qué cuenta daré yo deste hermano, que así se ha
querido apartar del gremio de la sancta Madre Iglesia, y negar la verdad de su
fee, por no querer sufrir un poco de trabajo! Y ocupado su entendimiento en
esta imaginación, y persuadiéndose el demonio que por su culpa había ido, y él
no resistiéndole por su flaqueza, vino casi a persuadille que desesperase de
poderse salvar, y a que hiciese otro tanto como su compañero. Mas nuestro buen
Señor, que tenía puestos los ojos en él y le guardaba para mayores cosas,
acorrióle a la mayor necesidad (como es su costumbre) y tuvo por bien de
abrille los ojos del alma, y dalle a entender el peligro en que estaba, y
proveelle del remedio necesario, que fue guialle al médico espiritual, el cual
él ya había pedido con muchas lágrimas y sospiros invocando el favor de la
Virgen nuestra Señora; y fuese a un monasterio de la orden de sant Francisco,
que hay allí en Ceuta, y topóle nuestro Señor un fraile docto y de buena vida,
con el cual confesó muy de espacio, y le descubrió sus llagas, y él le dio el
remedio que por entonces convenía, mandándole expresamente, entre otras cosas,
que luego se fuese de aquella tierra, y se pasase a España para amatar de todo
punto aquella diabólica tentación, que como tan importante convenía remedio
eficaz. El cual lo supo luego por obra lo más aina que pudo (aunque
haciéndosele bien de mal) viendo la falta que a sus amos haría; pero, viendo
que convenía, lo pospuso todo, y se fue a ellos y les dixo, que aquella jornada
convenía a la salud de su ánima, y que no podía escusarse; que le perdonasen,
que él quisiera hacelles aquel servicio, con la voluntad que hasta allí, que
confiasen en él y le diesen licencia. No se puede decir lo que padre y hijos
sintieron esta nueva; y visto que no se escusaba, llorando todos se la dieron,
y le dixeron que al Señor pluguiese de dalle siempre el socorro en sus cosas
que él les había dado, y así hallase su ayuda; y con tanto se despidió de
ellos, y se embarcó y vino para Gibraltar.
CAPITULO VI
DE LO QUE SUCEDIO A IOAN DE DIOS HASTA SU CONVERSION POSTRERA A DIOS.
Luego que desembarcó Ioan de Dios en Gibraltar se fue a una iglesia, y hincado
de rodillas delante la imagen de un Crucifixo, dio muchas gracias a nuestro
Señor, diciendo: Bendito seais vos, Señor, que es tanta vuestra bondad, que a
un tan gran pecador como yo, y que tan mal os lo ha merecido tuvistes por bien
el libralle de un engaño tan grande y tentación en que por mis grandes pecados
caí, y traerme a puerto de seguridad, donde procuraré con todas mi fuerzas
serviros, dándome vos vuestra gracia; y así os suplico cuanto puedo, Señor mío,
me la deis y no aparteis de mí los ojos de vuestra clemencia, y tengais por
bien de enseñarme el camino por donde tengo de entrar a serviros y ser para
siempre vuestro esclavo, y dad ya paz y quietud a esta alma, en que halle lo
que tanto desea y con tanta razón; pues sois, Señor, dignísimo de que vuestra
criatura os sirva y alabe, y se entregue a vos de todo su corazón y voluntad.
Estuvo allí algunos días, en lo cuales se preparó y hizo una confesión general,
y de continuo se entraba en las iglesias a orar cuando le vagaba, y pedía
siempre a nuesto Señor, muy de corazón y con lágrimas, perdón de sus pecados, y
que le encaminase en lo que le había de servir. Iba siempre a trabajar a lo que
hallaba; y como se contentaba con poco sustento, ahorraba del jornal, y así
llegó algunas blanquillas, con que compró algunos libros devotos y cartillas e
imágines de papel, para volver a vender yendo por los lugares comarcanos de uno
en otro, pareciéndole que en este oficio viviría con más quietud y más
virtuosamente que hasta allí, y que con él aprovecharía a todo género de gente;
porque compraba también algunos libros profanos, y cuando alguno llegaba a
comprar alguno dellos, tomaba aquello por ocasión para decille que no le
comprase sino uno devoto y bueno; así los persuadía y amonestaba a que leyesen
buenos libros, y les daba algunos buenos documentos y especial a los niños. Con
este pío ardid les amonestaba muy buenas cosas, y después daba más de buen
precio el devoto libro y porque le comprasen, y infamado su mercaduría temporal
por vender la espiritual, por el interese eterno que de allí pretendía; y lo
mismo hacía on las imágines, persuadiendo a todos y diciendo, que nadie
estuviese sin ellas, para avivar de contino la devoción viéndolas, y la memoria
de lo que en ellas nos despiertan y representan, y las cartillas para que
enseñasen a sus hijos la doctrina cristiana; y tenía en esto tan buena gracia y
era tan humano y afable a todos, que muchos compraban lo que no pensaban, por
lo que él les decía con buena gracia y amor; y así, con esto en poco tiempo
vino a aumentar el caudal espiritual y temporal; porque demás de las buenas
obras que en esto hacía, haciendo a muchos que leyesen buenos libros (que cosa
notoria es cuan gran bien dello resulte), también aumentó el caudal de los
libros, que vino a tener más y mejores; y pareciéndole mucho trabajo andar
siempre con el hato a cuestas y de lugar en lugar, determinó de venir a Granada
y vivir en ella de asiento; y así lo puso por obra, y se vino a ella de edad de
cuarenta y seis años, y tomó casa y puso tienda en la puerta Elvira, donde
estuvo usando su oficio hasta que nuestro Señor fue servido de llamarle para
que sirviese en otro mejor.
CAPITULO VII
DE LA CONVERSION DE IOAN DE DIOS PARA EL SEÑOR.
Estando, pues, el buen Ioan de Dios muy descuidado tratando en su oficio, el
Señor, que no lo estaba de la merced que le había de hacer, se acordó dél,
volviendo sus ojos de misericordia sobre él, y levantándole para otro oficio
diferente; haciéndole, de gran pecador, gran penitente y justo, y despensero de
sus pobres. Y fue así, que el día del bien aventurado mártir sant Sebastián, en
la ciudad de Granada se hacía entonces una fiesta solemne en la ermita de los
Mártires, que es en lo alto de la ciudad frontero del Alhambra; y sucedió
predicar un excelente varón, maestro en theología, llamado el maestro Avila,
luz y resplandor de sanctidad, prudencia y letras de todos los de aquel tiempo,
y tal, que por su buen exemplo y doctrina en toda España hizo nuestro Señor
gran fruto en las almas, en todos géneros de estados de gentes, tanto, que
desto requeriría muy particular historia. Y como sus sermones fuesen tales y
tan famosos, seguíale, con mucha razón, gran número de pueblo, y así fue aquel
día; y entre los demás fue Ioan de Dioa a oille. Y como la tierra de su alma
estuviese algún tanto dispuesta, por las confesiones y exercicios de caridad
que tenemos dicho en que se exercitaba, de tal manera frutificó la semilla de
la palabra de Dios en ella, que oídas aquellas razones vivas de aquel varón, en
que engrandecía el premio que el Señor había dado a su sancto mártir, por haber
padecido por su amor tantos tormentos, sacando de aquí lo que se debía poner un
cristiano por servir a su Señor y no ofendelle, y padecer a trueque desto mil
muertes; y ayudado con la gracia del Señor, que dio vida a aquellas palabras,
de tal manera se le fixaron en sus entrañas y fueron a él eficaces, que luego
mostraron bien su fuerza y virtud. Porque, acabado el sermón, salió de allí
como fuera de sí, dando voces pidiendo a Dios misericordia, y en menosprecio de
sí (aquel que ya de veras estimaba lo que es de estimar) se arrojaba por el
suelo dándose cabezadas por las paredes, y arrancándose las barbas y las cejas,
y haciendo otras cosas, que fácilmente sospecharon todos que había perdido el
juicio. Y él, dando saltos y corriendo con las mismas voces, comenzó a entrar
por la ciudad, siguiéndole mucha gente y especial muchachos, dándole grita: ¡al
loco, al loco!, y él siguiendo su camino, hasta llegar a su posada, donde tenía
la tienda y caudal. Y llegado que fue, echó mano de los libros que tenía, y los
que trataban de caballerías y cosas profanas hacíalos con las manos muchos
pedazos y con los dientes, y los que eran de vidas de sanctos y buena doctrina,
dábalos libremente de gracia al primero que se los pedía por amor de Dios; y lo
mismo hizo de las imágines y de todo lo demás que en su casa tenía; y como no
faltasen menos al recebir, en breve tiempo quedó sin caudal y desnudo de todos
bienes temporales; porque no paró sólo en eso, sino los vestidos que tenía
encima de sí dio también, desnudándoselos y dándolo todo, que no le quedó sino
la camisa y unos zaragüelles, que reservó para cubrir su desnudez. Y así
desnudo, descalzo y descaperuzado, siguió otra vez por las calles más
principales de Granada dando voces, queriendo, desnudo, seguir al desnudo
Iesu-Cristo, y hacerse del todo pobre, por el que siendo la riqueza de todas
sus criaturas, se hizo pobre por mostralles el camino de la humildad. Así,
Ioan, desta manera fue pidiendo misericordia al Señor por las calles; y
siguiéndole mucha gente por ver las cosas que hacía llegó a la iglesia mayor,
donde puesto de rodillas comenzó a dar voces diciendo: ¡Misericordia,
miseriordia, Señor Dios, deste grande pecador que os ha ofendido!; y arañándose
la cara y dándose bofetadas y golpes con el cuerpo en tierra, no cesando de
llorar y dar gritos y pedir a nuestro Señor perdón de sus pecados. Fue tanto lo
que desto hacía, que visto por personas honradas, y movidas de compasión,
considerando que no era locura, como el común juzgaba, lo levantaron del suelo,
y animándole con palabras amorosas lo llevaron a la posada del padre Avila, por
cuyo sermón se había convertido, y le contaron todo lo que le había sucedido
después del sermón. Y él mandó salir fuera toda la gente que con él venía, y se
quedó en el aposento a solas con él, y Ioan de Dios se hincó de rodillas a su
pies, y después de habelle dado breve relación del discurso de su vida, con
grandes muestras de contrición le manifestó sus pecados, y le dixo que le
recibiese debaxo de su amparo y consejo, pues por medio suyo le había el Señor
comenzado a hacer tantas mercedes; que él desde aquella hora le tomaba por su
padre y profeta del Señor, y estaba aparejado a obedecelle hasta la muerte.
CAPITULO VIII
DE LO QUE DESPUES SUCEDIO A IOAN, Y COMO FUE TENIDO POR LOCO.
El padre maestro Avila daba muchas gracias a nuestro Señor de ver las grandes
muestras de contrición del nuevo penitente, y lo que mostraba sentir el haber
ofendido a nuestro Señor; y él le concedió y le admitió por hijo de confesión
desde entonces, y se ofreció que tendría cuidado de aconsejalle lo que le
conveniese, diciéndole: Hermano Ioan, esforzaos mucho en nuestro Señor
Iesu-Cristo, y confiá en su miseriordia, que el que comenzó esta obra la
acabará, y sed fiel y constante en lo que comenzastes; no volvais atrás ni os
dexeis rendir del demonio; sabed que lo que pelean como buenos caballeros en la
milicia de este Señor hasta la fin, se gozarán con él en la gloria, y los que
volvieren las espaldas como cobardes caerán en manos de sus enemigos, y
perecerán para siempre; y cuando os sintiéredes desconsolado y afligido (que no
puede ser menos) de algunos trabajos y tentaciones, que suelen suceder a los
que nuevamente comienzan a pelear las batallas del Señor, veníos a mí, que
sabiendo los golpes y heridas que más os dan pena, y las asechanzas con que más
os combate el adversario, con la gracia y favor de nuestro Señor llevareis
medicina saludable con que sea curada vuestra ánima, y nuevas fuerzas para
pelear contra vuestros enemigos; e id en hora buena, con la bendición de Dios y
la mía; que yo confío en el Señor que no os será negada su misericordia. Salió
Ioan de Dios tan consolado y animado de las palabras y buenos consejos de aquel
sancto varón, que de nuevo cobró fuerzas para menospreciarse y mortificar su
carne, y desear ser de todos tenido y estimado por loco y malo y digno de todo
menosprecio y deshonra, por mejor servir y agradar a Iesu-Cristo, que sólo en
sus ojos vivía, y mejor encubrir con esta sancta cautela la gracia que de su
mano había recebido. Y para esto tomó por medio, en saliendo de con el padre
Avila, irse a la plaza de Bivarrambla, y en un lodazal que allí estaba, se
metió todo y se envolvió en él, y puesta la boca en el cieno, comenzó a grandes
voces a confesar delante de todos los que le miraban (que era asaz gente),
cuantos pecados se le acordaron, diciendo: Yo he sido grandísimo pecador a mi
Dios, y le he ofendido en esto y en esto; pues un traidor que tal ha hecho,
¿qué merece?, que de todos sea herido y maltratado, y tenido por lo más vil del
mundo, y echado en el cieno y lodo, donde se echan las inmundicias. Toda la
gente del vulgo, como vio esto, no creyeron sino que había perdido el juicio;
mas como él estaba ya inflamado de la gracia del Señor, y deseaba morir por él,
y ser corrido y menospreciado de todos, para que lo pusiesen por obra, salido
de el lodo, comenzó a correr, así como estaba, por las calles más principales
de la ciudad, dando saltos y haciendo muestras de loco. Y como los muchachos y
gente común lo vieron, comienzan a seguille y dalle grita grande tropel dellos,
y tirábanle tierra y lodo y otras muchas inmundicias; y él con mucha paciencia
y alegría, como si fuera a fiestas, sufriéndolo todo, paresciéndole gran dicha
llegar al cumplimiento de sus deseos, que era padecer algo por el que tanto
amaba, y sin hacer mal a nadie. Llevaba un cruz de palo en las manos, y daba a
besar a todos, y diciéndole cualquier persona que besase la tierra por amor de
Iesús, luego obedecía y lo hacía, aunque hobiese mucho lodo y se lo mandase un
niño. Esto hizo algunos días con tanto hervor, que muchas veces caía en tierra
de cansado y molido de la grita y empellones y pescozadas que le daban; porque
él se daba tan buena maña a fingir la locura (que realmente fue de casi todos
tenido por loco), y estaba tan flaco, del continuo trabajo que todos le daban y
del poco comer, que no se podía tener en los pies; y con todo esto no se
hartaba de oprobios, ofreciendo con alegre rostro (sin quexarse ni contradecir)
su cuerpo a las pedradas y golpes que los muchachos le tiraban. Y viéndolo dos
hombres honrados de la ciudad, compadeciéndose dél, lo tomaron por la mano, y
sacándolo de entre el tumulto del pueblo, lo llevaron al hospital Real, que es
do recogen y curan los locos de la ciudad, y rogaron al mayordomo tuviese por
bien de recebillo y hacello curar, y metello en un aposento donde no viese
gente y reposase, que quizá así sanaría de aquella locura que le había dado.
Pues como el mayordomo lo había visto andar por la ciudad y el trabajo que
había pasado, luego lo recibió, y mandó a un enfermero lo metiese dentro; y
visto como venía tan maltratado, la ropa hecha pedazos, y lleno de heridas y
cardenales, de los golpes y pedradas, luego lo pusieron en cura; y aunque a los
principios procuraron de hacelle algún regalo para que volviese en sí y nos
desfalleciese, como la principal cura que allí se hace a los tales sea con
azotes, y metellos en ásperas prisiones y otras cosas semejantes, para que con
el dolor y castigo pierdan la ferocidad y vuelvan en sí, atáronle pies y manos,
y desnudo, con un cordel doblado le dieron una buena vuelta de azotes. Mas como
su enfermedad era estar herido del amor de Iesu-Cristo, porque por su amor le
diesen más azotes y le tratasen peor, les comenzó a decir desta manera: ¡Oh
traidores enemigos de virtud! ¿porqué tratais tan mal y con tanta crueldad a
estos pobres miserables y hermanos míos, que están en esta casa de Dios en mi
compañía? ¿No sería mejor que os compadeciésedes dellos y de sus trabajos, y
los limpiásedes y diésedes de comer con más caridad y amor que lo haceis; pues
los Reyes Católicos dexaron para ello cumplidamente la renta que era menester?
Pues como los enfermeros oían esto, pareciéndoles loco malicioso, y deseándole
curar de lo uno y de lo otro, añadían a la disciplina recios azotes, más que a
los otros que sólo estimaban por locos. Y él, no por eso dexaba, debaxo de
aquel color, de reprehendelles de los descuidos en que entendía que caían, lo
cual todo le libraban en doblalle la ración en azotes; y así por este medio
padeció mucho más de lo que se puede decir, ofreciéndolo todo en su corazón a
aquel por cuyo amor lo padecía, y por quien había tomado aquella empresa.
CAPITULO IX
COMO EL PADRE AVILA ENVIO A VISITAR Y CONSOLAR A IOAN DE DIOS AL HOSPITAL.
Sabido el maestro Avila, que Ioan de Dios estaba en el hospital Real preso por
loco; como aquel que sabía bien la causa de su enfermedad y locura, enviólo
luego a visitar con un discípulo suyo, enviándole a decir, que se holgaba mucho
de todo su bien, en ver que comenzaba a padecer alguna cosa por amor de
Iesu-Cristo; que le rogaba de su parte, por el mismo Señor, hiciese como buen
soldado animoso, poniendo la vida por su Rey y señor; y que todos los trabajos
que su Majestad le enviase, los recibiese con humildad y paciencia, y que si
consideraba lo que nuestro Redemptor padeció en la cruz, cualquiera tormento le
parecería liviano, y decíale más: Ensayaos, hermano Ioan, ahora que teneis
tiempo, para cuando salgais a pelear contra los tres enemigos por el mundo y
confiá en el Señor, que no os desamparará. Por gran favor y consuelo tenía el
hermano Ioan, que su buen padre el maestro Avila le enviase a visitar y se
acordase dél, estando en aquella prisión olvidado de todos; y que él solo,
después del Señor, le tuviese en la memoria para consolalle en sus trabajos; y
así lloraba de alegría que sentía desta merced que el Señor le hacía, y
respondióle así: Decidle a mi buen padre, que Iesu-Cristo le visite y le pague
la buena obra que siempre me hace; que aquí está su esclavo, ganado por buena
guerra, esperando en la misericordia del Señor, y que soy siervo malo y sin
provecho; que por amor de nuestro Señor, que no me olvide de encomendarme a su
Majestad en sus oraciones, que con esto viviré contento y esperaré no me
faltará su socorro. Con estas y semejantes palabras se visitaban los dos
secretamente, y se entendían el uno al otro. Los enfermeros del hospital tenían
mucha cuenta con él, y de cuando en cuando, como le vían alterado y él les daba
la ocasión (como está dicho), no dexaban de dalle sus disciplinas, como a los
demás, con intención de velle sano, y él lo recibía alegremente, y les decía:
Dadle, hermanos, a esta carne traidora, enemiga de lo bueno, que ella ha sido
causa de tomo mi mal; y pues yo la obedecí, razón es que paguemos los dos, pues
los dos pecamos. Y viendo castigar los enfermos que estaban locos con él decía:
Iesu-Cristo me traiga a tiempo y me dé gracia para que yo tenga un hospital,
donde pueda recoger los pobres desamparados y faltos de juicio y servirles como
yo deseo. Y así se lo cumplió nuestro Señor muy cumplidamente, como después se
dirá. Pasados algunos días, que Ioan de Dios estuvo en el hospital padeciendo
estos trabajos y otros muchos, para mejor disimular y poner en execución la
voluntad y ansia que tenía de servir a nuestro Señor en sus pobres, y
pareciéndole ya tiempo, comenzó a mostrar que estaba quieto y sosegado, y a dar
gracias a Dios con lágrimas y sospiros, y decir: Bendito sea nuestro Señor, que
ya me siento sano y libre, y mejor que yo merezco, del dolor y angustia que en
mi corazón sentía los días pasados. El mayordomo y oficiales recibieron mucho
placer de velle más reposado y oille decir estaba mejor; y así luego le
quitaron las prisiones, y le dieron libertad que anduviese suelto por la casa;
y él se comidió luego, sin esperar a que le dixesen algo, a servir a los pobres
en todos los oficios con mucho amor, fregando y barriendo y limpiando los
servicios. Los enfermeros recebían mucho contento en velle, que libre de tal
enfermedad tan bien había cobrado el juicio, que a todos les precedía en la
caridad y diligencia con que a los pobres servía; y así daban gracias a nuestro
Señor.
CAPITULO X
DE COMO IOAN DE DIOS FUE A NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE EN ROMERIA.
Empleándose Ioan de Dios en lo que está dicho, y estando un día sentado a la
puerta del hospital, pensando en sus trabajos y en las mercedes que de nuestro
Señor había recebido, mirando el campo, día de las once mil Vírgines, vio pasar
por delante del hospital mucha gente a caballo y grande clerecía y otras
personas religiosas, que traían y acompañaban el cuerpo de la Emperatriz, mujer
del Emperador Carlos V, para dalle sepultura en la Capilla Real de Granada, que
entonces había pasado desta vida presente. Y informado de lo que era, y
nuevamente estimulado con aquel espectáculo, dióle gran voluntad de salir luego
del hospital y poner por obra sus buenos deseos, que era de servir a nuestro
Señor y a los pobres, y buscalles de comer, y recoger los desamparados y
peregrinos; porque en aquel tiempo (como tierra poco había ganada) aún no había
hospital donde se recogiesen en la ciudad. Y con esta determinación se fue al
mayordomo y le dixo: Hermano, nuestro Señor Iesu-Cristo le pague la limosna y
caridad que en esta casa de Dios se me ha hecho el tiempo que aquí he estado
enfermo; ahora, bendito nuestro Señor, me siento bueno y sano para poder
trabajar; por tanto, por amor de Dios, me dé licencia para irme si él manda. Yo
quisiera, dixo el mayordomo, que estuviérades algunos días más en casa, para
que convaleciérades y tomárades fuerzas, que estais muy flaco y maltratado de
el trabajo pasado; pero, pues nuestra voluntad es de iros, andad con la
bendición de Dios, y llevad una cédula mía con vos para que la gente que os
viere no os vuelva al hospital, creyendo que no estáis libre de la dolencia
pasada, y que podais ir libremente donde quisiéredes. El la recibió con toda
humildad, dándole contento de quedar en aquella opinión de que todos lo
hobiesen juzgado por verdadero loco. Despedido Ioan de Dios de todos los de la
casa, que en gran manera le amaban, muy roto y mal tratado el vestido, y
descalzo y descaperuzado, tomó luego el camino de nuestra Señora de Guadalupe,
y se fue para allá a visitar a la Virgen nuestra Señora, y dalle gracias de las
ayudas y mercedes pasadas, y pedille nuevo socorro y ayuda para la nueva vida
que pensaba hacer; porque decía que siempre había sentido su manifiesto favor y
ayuda en todos sus trabajos y necesidades. En este camino padeció muchos
trabajos de hambre, frío y desnudez, como era en lo recio del invierno y él no
llevaba dinero, habíalo de pedir para comer, y como iba decalzo. Y con todo
eso, por no ir ocioso, siempre llevaba estilo, cuando llegaba al lugar donde
había de comer o parar, de llevar un haz de leña a cuestas, y íbase derecho al
hospital, si le había, y allí lo llevaba para lo pobres y luego se iba a pedir
lo que le bastaba para mantenerse con asaz austeridad. Llegado fue a Guadalupe,
entró en la iglesia de rodillas, y con mucha devoción y lágrimas ofreció a
nuestro Señor sus necesidades, y le dio gracias por lo que había recibido, y
confesó y comulgó, y estuvo allí algunos días ocupado en oración, hasta que le
pareció tiempo de volverse.
CAPITULO XI
COMO IOAN DE DIOS VOLVIO A GRANADA, Y POR CUYO CONSEJO.
Concluída Ioan su romería, se volvió camino de Granada, y llegando a Baeza tuvo
noticia que su buen maestro el padre Avila estaba allí predicando, como lo
hacía en otras ciudades y pueblos; y sabido, luego le fue a visitar y dar parte
de su camino, y él lo recibió con mucho contento; y estando algunos días con
él, le dixo al cabo dellos, habiendo tomado su consejo de lo que debía hacer:
Hermano Ioan, cumple que volvais a Granada, donde fuistes llamado del Señor, y
él, que sabe que vuestra intención y deseo, os encaminará el modo como le
habeis de servir; tenedle siempre delante en todas vuestras cosas, y considerad
que os está mirando, y obrad como en presencia de tan gran Señor; y en llegando
a Granada, tomad luego un confesor que sea tal cual yo os he dicho, y sea
vuestro padre espiritual, sin cuyo consejo no hagais cosa que sea de
importancia, y cuando se os ofreciere cosa en que os parezca que habeis
menester mi consejo, escrebidme donde yo estuviere, que yo haré con vos en todo
lo que soy a la caridad obligado con el ayuda de nuestro Señor. Con esto se
despidió dél y se vino para Granada; y en llegando a la ciudad, que era por la
mañana, después de haber oído misa se fue al monte por un haz de leña, y vuelto
con él en la ciudad, que vencido della, jamás pudo pasar de la puerta de los
Molinos, que está bien distante del comercio de la ciudad, y así se lo dio allí
a una pobre viuda, que le pareció que tenía necesidad. Otro día, avergonzando
de la cobardía del día de antes, se levantó bien de mañana, y oída misa, se fue
por otro haz de leña a la sierra, y en llegando con él a la ciudad, le comenzó
a dar la misma vergüenza que el día pasado; y él, aguijándose y pasando
delante, comenzó a decir a su cuerpo: Vos, don asno, que no quisistes entrar en
Granada con la leña, de vergüenza y honra, ahora la perdereis y llevareis hasta
la plaza mayor, adonde de todos los que os conocen seais visto y conocido, y
perdais el brío y soberbia que teneis. Y así se fue hasta la plaza, donde como
lo vieron con su leña, donde no le habían visto desde la locura; y algunos,
amigos de reir y burlar, le decían: ¿Qué es esto, hermano Ioan, ya os habeis
hecho leñador? ¿Cómo os fue en el hospital Real con los enfermeros? No hay
quien os entienda; cada día mudais de oficio y manera de vivir. Y desta manera
burlaban dél con otras palabras los mozos ociosos. El alegremente lo recibía
sin enojarse de nada, antes con risa les respondía, por participar de su
contento y no desechar su ganancia: Hermanos, este es el juego de birlimbao,
tres galeras y una nao, que mientras (más) viéredes menos habeis de aprender. Y
así, con estas palabras y otros semejantes de retruécanos graciosos,
amorosamente respondía a los que le preguntaban de su vida, encubriendo con
ellas la gracia que del Señor tenía, y recreándose de que lo tuviesen por de
poco ser y valor; y salía bien con ello, porque la gente en común siempre
juzgaba que era ramo de locura cuanto le veían hacer, hasta que después vieron
bien aquel grano, enterrado y podrido, cuánto fruto y qué bueno vino a dar.
Pues pasados algunos días, que en traer haces de leña del monte se exercitaba y
se sustentaba dellos, y lo que le sobraba repartía a los pobres, que buscaba de
noche, por esos portales echados, helados y desnudos y llagados y enfermos, y
viendo lo mucho que desto había, movido de gran compasión, determinó de más de
propósito buscarles el remedio.
CAPITULO XII
DEL PRIMER HOSPITAL QUE TUVO IOAN DE DIOS.
Determinado Ioan de Dios de procurar de veras el consuelo y remedio de los
pobres, habló con algunas personas devotas, que en sus trabajos le habían
favorecido; y con ayuda dellos y su calor, alquiló una casa en la Pescadería de
la ciudad, por ser cerca de la plaza de Bivarrambla, de donde y de otras partes
recogía los pobres desamparados, enfermos y tullidos que hallaba, y compró
algunas esteras de anea y algunas mantas viejas en que durmiesen, porque aun no
tenía para más, ni otra medicina que hacelles; y así les decía: Hermanos, dad
gracias a Dios muchas, que os ha esperado tanto tiempo a penitencia; pensad en
lo que habeis ofendido, que yo os quiero traer un médico espiritual que os cure
las almas, que después para el cuerpo no faltará remedio; confiad en el Señor,
que él lo proveerá todo (como suele a los que hacen de su parte lo que pueden).
Y fue y trúxoles un sacerdote, y hízolos confesar a todos; porque vista su gran
caridad, cualquier sacerdote a quien se lo pedía, iba de muy buena voluntad a
hacer esta buena obra. Después desto salía animosamente y con gran esfuerzo por
todas las calles con una espuerta grande en el hombro y dos ollas en las manos
colgadas de unos cordeles, iba diciendo a voces: ¡Quién hace bien para sí
mismo! ¿Haceis bien por amor de Dios, hermanos míos en Iesu-Cristo? Y como a
los principios salía de noche y algunas veces lloviendo, y a hora que estaban
las gentes recogidas en sus casas, salían maravillados a las puertas y
ventanas, de oír la nueva manera de pedir; y como tenía voz lastimosa y la
virtud que el Señor le daba, parecía que atravesaba con ella las entrañas de
todos. Y juntamente el velle tan flaco y mal tratado y la austeridad de su
vida, movía mucho; de suerte que todos salían con sus limosnas, cada uno como
podía, y se las daban con mucho amor y voluntad; unos dineros, otros pedazos de
pan y panes enteros, otros lo que les sobraba de sus mesas, de carne y otras
cosas, se lo daban en las ollas que para eso traía; y como sentía que tenía
limosna bastante, volvía corriendo a sus pobres, y en llegando decía: Dios os
salve, hermanos; rogá al Señor por quien bien os hace. Y calentaba lo que traía
y repartíalo entre todos; y desque habían comido y rezado por los bienhechores,
él solo lavaba los platos y escudillas, y fregaba las ollas, y barría y
limpiaba la casa, y traía agua con dos cántaros del pilar, con gran trabajo;
porque como era reciente la memoria de entender que había sido loco, y lo vían
tan mal tratado, no quería alguno llegarse a su compañía para ayudalle; y así
llevaba el trabajo a sus solas, hasta que fueron conociendo lo que era. Y como
él servía a los pobres con mucha caridad, acudían muchos, no cabían de pies, de
los que venían a la fama de Ioan de Dios, y el buscallos con halagos y amor los
que en otros hopitales no podían entrar rogando. Y vista la necesidad que
había, alquiló otra casa mayor y más espaciosa, a donde pasó todos sus pobres
tollidos y enfermos, que no podían por su pie ir, a cuestas; y así mesmo las
alhajas en que dormían ellos y los peregrinos. Aquí puso más orden y concierto,
y armó algunas camas para los más dolientes; y nuestro Señor proveyó de
enfermeros, que le ayudasen a servilles, mientras él iba a buscalles la limosna
y medicinas con que se curasen. Así como la caridad crecía en Ioan de Dios, así
iba creciendo y multiplicándose el caudal y alhajas de la casa de Dios; porque
habían caído en la cuenta y echádolo de ver ya muchas personas principales y
honradas, de dentro y fuera de Granada, viendo y considerando su perseverancia
y orden en sus cosas, y que siempre iba creciendo de bien en mejor. Y como
vieron que no solamente albergaba peregrinos y desamparados, como al principio,
mas que tenía asentadas camas y enfermos que se curaban en ellas, comenzó a
tener mucho crédito con todos, y a dalle y fialle cualquier cosa que había
menester para los pobres, y a dalle limosnas más en grueso que solían; así como
mantas, sábanas, colchones y ropas de vestir y otras cosas.
Y así, como le iban acudiendo todo género de pobres y necesidades a que les
socorriese, viudas y huérfanos honrados, en secreto, pleiteantes, soldados
perdidos y pobres labradores, que respecto de ser aquel año trabajoso y
estéril, acudían muchos más, y a todos socorría conforme tenían necesidad, no
enviando a nadie desconsolado. Porque al que podía daba luego y alegremente, y
a alguno consolaba con palabras amorosas y alegres, dándoles confianza que Dios
proveería, para que todos fuesen consolados, y así se cumplía; porque por
maravilla llegó nadie a él, que poco o mucho no le proveyese el Señor para que
remediase su necesidad como podía. No se contentaba con emplearse en esto, sino
que también comenzó a tener cuidado de buscar los pobres vergonzantes,
doncellas recogidas, religiosas y beatas pobres, y casadas que padecían
necesidades secretas; y con mucho cuidado y caridad las proveía de lo
necesario, pidiendo para ellas a las señoras ricas y que podían, y él mismo les
compraba el pan y la carne y pescado y carbón y todo lo demás que es necesario
para el sustento; porque no tuviesen ocasión de salir a buscallo, sino que
estuviesen recogidas, y sustentasen virtud y recogimiento. Y después de
habelles proveido de lo necesario para el cuerpo, buscábales (porque no
estuviesen ociosas, y trabajasen para ayuda a vestirse) seda en casa de los
mercaderes, que hiciesen, y a otras lana y lino que hilasen, y estopa; y luego
sentábase un poco, y animábalas al trabajo y hacíales un breve razonamiento
espiritual; y persuadiéndolas a que amasen la virtud y aborreciesen el vicio,
dándoles para ello (aunque simples) vivas razones, que hasta hoy viven en las
memorias de muchos que se las oyeron; dándoles esperanza, que si así lo
hiciesen, que de más de la gracia que alcanzarían del Señor, no les faltaría lo
necesario para el sustento, prometiendo alguna ventaja a las que más
trabajasen, con lo cual las inducía y animaba que viviesen virtuosamente y
sirviesen a nuestro Señor. No le faltaron émulos en esta obra, como en todas
las demás que hacía, porque Sathanás nunca duerme de hacer guerra, por sí y por
medio de sus ministros, a los que vee que se le han salido de su dominio y van
camino en el servicio de nuestro Señor; porque algunos destos le ladraban y
murmuraban, diciendo que todo era ramo de locura, que le había quedado cuando
andaba por las calles sin juicio, y que presto caería, pues no llevaba
fundamento; y junto con esto traíanle sobre ojos mirando en las casas donde
entraba, y informándose de lo que allí decía y hacía, y aun acechándole por
partes ocultas. Y viendo por sus ojos su grande exemplo y honestidad y santidad
de palabras, y las buenas obras que hacía, quedaban espantados y confusos, y
érales forzado callar; y aun algunos, fuera de su intento, loalle y dalle
limosna cuando le topaban. Con todo esto no olvidaba sus pobres; porque su
principal cuidado era con ellos, consolándoles de palabra y proveyéndoles de lo
necesario por la mañana, antes que saliese de casa, y dando orden en todo, como
cada uno hiciese con ellos su oficio; y sabiendo si lo hacían los compañeros
que ya tenía para esto, él se iba y se ocupaba en pedir hasta las diez o las
once de la noche.
CAPITULO XIII
DE OTRAS OBRAS EN QUE SE EXERCITABA EL SIERVO DE DIOS
Era el hermano Ioan de Dios muy devoto de la pasión de nuestro Señor
Iesu-Cristo; porque, como el principal fuerte de todo nuestro remedio, había
hallado en ella gran provecho y suavidad. Y así, queriendo con lo que se había
aprovechado, aprovechar a sus próximos por amor del mismo Señor, tomó por
devoción los viernes, en que se obró nuestro remedio, de ir a la casa pública
de las mujeres, a ver si podía de allí sacar alguna alma de las uñas del
demonio, en que tan metidas están las tales; y en entrando, echaba por la que,
más perdida, le parecía que menos cuenta tenía de salir de allí, y decía: Hija
mía, todo lo que te diere otro te daré yo y aun más, y ruégote que me escuches
aquí en tu aposento dos palabras. Y entrados en el aposento, la mandaba
asentar, y él se hincaba de rodillas en el suelo, delante un Crucifixo pequeño
que llevaba para aquel efecto, y allí comenzaba a acusarse de sus pecados, y
llorando amargamente pedía perdón a nuestro Señor dellos, con tal afecto, que
le provocaba también a ella a contrición y dolor de sus culpas; y así, con
aquella industria le hacía tomar atención para que le oyese, y él comenzaba a
rezar la pasión de nuestro Señor Iesu-Cristo, con tal devoción que se la hacía
sentir hasta derramar lágrimas, y luego decíales: Mira, hermana mía, cuánto le
costaste a nuestro Señor, y mira qué padeció por ti; no quieras ser tú causa de
tu propia perdición; mira que tiene premio eterno para los buenos y castigo
eterno para los que viven en pecado como tú; no le provoques más a que
totalmente te dexe, como merecen tus pecados, y vayas como piedra dura y pesada
al profundo infierno. Tales cosas destas y otras le daba el Señor que dixese;
que aunque algunas, empedernidas en su vicios, no hacían caso dél, otras,
ayudadas de Dios, se compungían y movían a penitencia, y le decían: Hermano,
sabe Dios si yo me fuera con vos a servir a los pobres del hospital; mas estoy
empeñada y no me dexarán ir con vos. Respondía él muy alegre: Hija, confía en
el Señor, que él que te ha alumbrado el alma, te dará remedio para el cuerpo;
entiende bien lo que te va en serville y en no ofendelle, y haz propósito firme
que antes morirás que volverás al pecado; y espérame aquí, que luego vuelvo.
Iba luego muy diligente a las señoras principales, que conocía en la ciudad y
sabía que le habían de socorrer, y decíales: Hermanas mías en Iesu Cristo,
sabed que está una cautiva en poder del demonio; ayudadme por amor de Dios a
rescatalla, y saquémosla de tan miserable cautiverio. Eran de tanta caridad
estas personas, a quien él descubría semejantes necesidades, que pocas veces se
iba sin remedio dellas; y cuando no hallaba lo necesario, hacía un conocimiento
y se obligaba de pagar la deuda que debía cualquier mujer que sacaba de el que
las tenía a su cargo. Llevábalas luego al hospital y metíalas en la enfermería,
donde estaban curándose otras mujeres que habían tenido el mesmo trato, para
que viesen el pago que daba el mundo, y la ganancia que sacaban las que
perseveraban en aquel oficio; porque unas estaban podridas las cabezas, donde
les sacaban gruesos, y otras en otras partes del cuerpo, donde con cauterios de
fuego, con gravísimos dolores les cortaban parte dél y quedaban feas y
abominables. Y de aquí procuraba de entender la intención de cada una a lo que
se inclinaba; porque unas, a quien nuestro Señor daba más luz, conocida la
facultad de su vida, se querían recoger y hacer penitencia; llevábalas al
monasterio de las Recogidas y proveíalas de lo necesario. Otras, que no tiraban
tanto la barra y veía inclinadas a casarse, les bucaba dotes y maridos y las
casaba. Y destas casó muchas; tanto, que la primera vez que fue a la Corte, de
las limonas que de allá truxo, casó diez y seis de una vez, como hoy día dan
testimonio algunas dellas, que son viudas y han vivido y viven honestamente y
castamente. En este exercicio y obras de caridad padeció Ioan de Dios mucha
mortificación y trabajos, y mostró bien la mucha paciencia y heróica que
nuestro Señor había comunicado a su alma; porque (como por la mayor parte son
mujeres tan obstinadas y perdidas y endurecidas en su pecado, de suerte que por
esta causa muchos siervos de Dios se abstienen de tratar con ellas, aunque les
duele su perdición) cuando sacaba alguna de entre éstas, las otras apedillaban
y lo deshonraban y decían muchas injurias, y le infamaban que aquello hacía con
mala intención. Y él a todo esto no respondía palabra, sino con mucha paciencia
lo sufría, no volviendo mal por mal, antes, si otro alguno las reprehendía,
diciéndoles: ¿Por qué sois tan malas y descomedidas con quien tan bien os hace?
El respondía: Dexadlas, no les digais nada, no me quiteis mi corona; que éstas
me conocen y saben quién soy, y me tratan como merezco.
Acaeció acerca deste caso una cosa memorable y digna de memoria, más para
espantar que para imitar, y para conocer de veras su ferviente caridad del
aprovechamiento de las almas, que conocía ser redemidas por tan inestimable
precio, y fue así: Que, entrando una vez entre otras en la casa pública, y
persuadiendo a unas mujeres que dexasen la mala vida, cuatro dellas se
concertaron, y mostrando querer hacer enmienda de lo pasado, le dixeron, que
ellas eran de Toledo, y que si no las llevaba a donde pudiesen dar orden en
ciertas cosas que mucho a su conciencia importaban, que no podían de dexalla y
hacer todo lo que él les mandase. El, oído esto, y vista la ganancia que tanto
deseaba de cuatro mujeres juntas, se ofreció de hacello. Y así, determinándose
de llevallas, apercibió lo necesario de bestias y lo demás, y él a pie fue con
ellas, llevando consigo un criado del hospital, llamado Ioan de Avila, hombre
cuerdo y de buena vida, el cual ha pocos días que murió, habiendo servido
muchos años loablemente en la casa, y dio testimonio de lo que pasó en esta
jornada. Y fue, que yendo con ellas, como los caminantes y la gente que las
vía, vían dos hombres de aquel hábito con cuatro mujeres semejantes, burlaban y
escarnecían dellos, y silvando les decían muchas injurias, diiéndoles de
amancebados y otras semejantes. A todo lo cual Ioan de Dios callaba y lo pasaba
con mucha paciencia, aunque el Ioan de Avila, provocado por lo que oía, también
le reprehendía, y decía: Que para qué era aquella jornada con aquella gente
ruín, donde tantas afrentas habían de pasar; y especial cuando vio que, pasando
por Almagro, se le quedó allí una, y llegando a Toledo se le huyeron y
desaparecieron las otras dos. Entonces con más ahinco el criado le fatigaba,
diciendo: ¡Qué locura ha sido esta! ¿No os lo dixe yo, que desta ruín gente no
había más que fiar desto?: dexaldas y volvámonos, que todas son de una manera.
El, a todo esto le respondía con mucha paciencia: Hermano Ioan, no consideras
que si tu fueses a Motril por cuatro cargas de pescado, y en el camino se te
estragasen tres (y) la otra quedase buena, que echando las tres a mal, no
echarías la buena con ellas. Pues, de cuatro truximos nos queda la una, que
muestra buena intención; ten paciencia, por tu vida, y volvámonos con ella a
Granada: esperanza en Dios, que si con ésta quedamos no será en balde nuestro
camino ni poca nuestra ganancia. Y así fue, que aquélla le concedió nuestro
Señor, y volvió con ella a Granada, y la casó él con un hombre de bien, y ha
vivido y hoy vive con tanto exemplo y virtud y recogimiento, siendo al presente
viuda, que ha dado de sí muy buen loor y tan buen exemplo de cristiandad, que
bien parece por el misterioso camino que nuestro Señor le truxo a que le
conociese.
CAPITULO XIV
DE LA GRAN CARIDAD DEL HERMANO IOAN DE DIOS.
Era tanta y tan grande la caridad de que nuestro Señor había dotado a su
siervo, y las obras tan peregrinas que della procedían, que algunos, juzgándolo
con espíritu vano, lo tenían por pródigo y disipador, no entendiendo cómo le
había el Señor metido en la bodega del vino, y allí ordenado con él su caridad,
y de tal manera se había embriagado en su amor, que ninguna cosa negaba que por
él se le pidiese, hasta dar muchas veces, cuando no tenía otra cosa, la pobre
ropa que traía vestida, y quedarse desnudo, siendo piadosísimo para todos y muy
áspero y riguroso para sí; y con la viva consideración de lo mucho que había
recebido del Señor, todo cuanto hacía y daba le parecía poco, y siempre se
hallaba deudor de más; y así vivía con aquella ansia que los sanctos, de darse
a sí mismo por mil maneras, por amor del que tan magnífico y largo había sido
con él. Porque esto tienen los varones espirituales, se hallan tan prósperos y
abundantes, que les parece que siempre tienen que dar a todos; y así siempre le
es dulce dar y nunca querrían recebir. Todo el día se ocupaba en diversas obras
de caridad, y a la noche, cuando se acogía a casa, por cansado que viniese,
nunca se recogía sin primero visitar a todos los enfermos, uno a uno, y
preguntalles cómo les había ido, y cómo estaban, y qué habían menester, y con
muy amorosas palabras consolallos en lo espiritual y temporal. Y luego daba
vuelta por la casa, y daba recaudo a lo pobres vergonzantes que le estaban
esperando, proveyéndoles de lo necesario, sin enviar a ninguno desconsolado. A
cualquiera daba limosna, sin mirar más de que se la pidiese por amor de Dios. Y
decíanle algunos: Mirá, que pide sin necesidad. El respondía: No me engaña a
mí, él mire por sí, que yo por amor del Señor se lo doy. Y cuando no tenía que
dar (que acontecía quedar envuelto en una manta, por haber dado el vestido),
por no decir de no cuando le pedían, daba un carta para algún caballero o
persona devota, para que socorriese aquella necesidad.
Sucediole un caso digno de contar; y fue, que estando en Granada el Marqués de
Tarifa, don Pedro Enríquez, fue Ioan de Dios a su posada a pedille limosna, y
estaba jugando con otros señores, y sacáronle de limosna veinte y cinco
ducados; y él, yéndose con ellos a su hospital después de anochecido, el
Marqués habiendo oído muchas cosas de su mucha caridad, y queriendo por modo de
burla experimentalla, disimulose (porque Ioan de Dios no lo había visto más que
aquella vez) y saliose al encuentro, y púsose delante y dixo: Hermano Ioan, yo
estoy aquí en pleito, y padezco mucha necesidad para sustentar la honra; estoy
informado de vuestra caridad, ruegoos que me socorrais, porque no venga yo a
hacer alguna ofensa a Dios (que esta era su manera de hablar): daros he lo que
traigo. Echó mano a la bolsa, y diole los veinticinco ducados, que he dicho le
habían dado. Y él tomólos y agradecióselo y fuese. Y llegando admirado donde
los otros señores estaban, contoles el caso, y entre todos se celebró como el
negocio merecía, admirándose de tal caridad; que teniendo tantos pobres con
quien cumplir, con uno solo fuese tan largo, confiando en la providencia de
Dios. Y cierto, no fue frustrada su confianza; porque el Marqués, movido de lo
que había sucedido, otro día por la mañana le envió a decir, que no saliese de
casa, porque quería ir a ver el hospital; y ido, comenzó a burlarse con él y a
decille: ¿Qué es esto, hermano Ioan, que me dicen que os robaron anoche? El
dixo: Dome a Dios, que no me robaron. Habiendo pasado entre ellos otras
palabras de entretenimiento y risa, el Marqués le dixo: Ahora, hermano, porque
no podais negar el robo que os hicieron, a mí me lo deparó Dios: catá aquí
vuestros veinte y cinco ducados y ciento y cincuenta escudos de oro que yo os
doy de limosna, y mirá otro día cómo andais. Y mandóle traer ciento y cincuenta
panes y cuatro carneros y ocho gallinas, y esta ración mandó que le diesen cada
día todo el tiempo que estuvo en Granada, y con esto se fue muy edificado de
ver los muchos pobres de todas maneras que allí se les hacía caridad y se
curaban.
Otro caso sucedió, en que mostró su caridad en poner la vida por sus hermanos.
Sucedió, que en el hospital Real de Granada, que dexaron fundado los Católicos
Reyes don Fernando y doña Isabel, se emprendió fuego un día, tan de improviso y
con tanta furia, que asoló la mayor parte del hospital; y luego que se supo,
acudió Ioan de Dios a socorrer a los pobres que allí se curaban, y fue tanta su
diligencia, por el gran peligro que vio en que estaban, que casi él solo salvó
a cuestas todos los pobres, hombres y mujeres; y después echó por las ventanas,
con una presteza más que de hombre, todas las camas y ropa que en él había; y
desque hobo puesto en cobro los pobres, se subió a lo alto, donde estaba el
mayor peligro, para ayudar a atajar el fuego; y estando en esto, reventó una
gran llama por un cabo y otra por otro y lo cogeron en medio; y subió tanta
espesura de humo, a vista de mucha gente que debaxo lo estaban mirando, que
todos pensaron muy sin duda que la llama lo había abrasado y consumido; y así
corrió la voz por toda la ciudad, que Ioan de Dios había muerto en el fuego; y
cuando menos pensaron, de ahí a un poco lo vieron salir y sin lisión alguna,
salvo que traía las cejas chamuscadas, como pasó por medio las llamas, para
testimonio de la maravilla que Dios nuestro Señor usó con él. De lo cual dieron
testimonio el Coregidor, que a la sazón era en la ciudad, que lo vio, y muchas
personas de autoridad que se hallaron presentes. Y de estas obras se podrían
referir muchas que en su vida pasaron, que por brevedad se dexan. Sólo diré,
que quien entrara en su hospital, bien manifiestamente viera la gran caridad de
este hombre. Porque en él viera que se curaban pobres de todo género de
enfermedades, hombres y mujeres, sin desechar a nadie (como hoy día se hace) de
calenturas, de bubas, llagados, tullidos, incurables, heridos, desamparados,
niños tiñosos, y que hacía criar muchos que le echaban a la puerta, locos y
simples, sin los estudiantes que mantenía, y vergonzantes en sus casas, como
queda dicho. Proveyó también una cosa de gran socorro, que fue labrar una
cocina para los mendigantes y los peregrinos, para sólo se acogiesen de noche a
dormir; y se amparasen del frío; tan capaz y de tal suerte labrada, que cabían
holgadamente más de doscientos pobres, y todos gozaban del calor de la lumbre
que estaba en medio, y para todos había poyos en que durmiesen, unos en
colchones y otros en zarzos de anea y otros en esteras, como tenían la
necesidad, como hoy día se hace en su hospital; con que, además de la caridad
que les hacía, escusaba muchas ofensas de nuestro Señor, en buscallos por las
plazas, y quitar que no estuviesen juntos hombres y mujeres; y algunos los
traía por fuerza allí, y las mujeres ponía por sí, y con esto limpiaba las
plazas desta gente perdida.
CAPITULO XV
DE LA PACIENCIA DE IOAN DE DIOS Y DE SU MUCHA HUMILDAD.
La paciencia, que corona y perfecciona los caballeros de Iesu-Cristo, así
poseía el alma deste santo hombre, que por muchos trabajos que le sucediesen,
nunca alguno le vio turbado, ni salía de su boca palabra airada; antes en las
mayores injurias y afrentas estaba más quieto y alegre, como quien no tenía
otra voluntad más que la de nuestro Señor Iesu-Cristo, en cuya cruz sólo se
glorificaba, como se vio en muchos casos que le sucedieron, de que diremos aquí
algunos. Baxando un día por la calle llamada de los Gomeles de mañana, para
buscar de comer a los pobres, subía un caballero la calle arriba; y como en
aquel tiempo era mucha la gente de la ciudad, y especial la que baxaba por
aquella calle del Alhambra, sin advertir topóle con la capacha en la capa, y
derribósela de los hombros; y él, muy airado, volvió a él y díxole: ¡Ah,
bellaco pícaro! ¿no mirais como vais? Y él con mucha paciencia díxole:
Perdóname, hermano, que no miré lo que hice. Y él, con estas palabras, como le
dixo de vos y hermano (como acostumbraba a decir a todos), mucho más airado,
volvió a él y dióle una bofetada en el rostro; y Ioan de Dios dixo: Yo soy el
que erré, que bien la merezco: dadme otra! Y él, como todavía le decía de vos,
dixo a su criados: Dadle a ese villano mal criado! Y estando en esto, como se
juntó gente, salió un vecino de allí, hombre principal llamado Ioan de la
Torre: ¿Qué es esto, hermano Ioan de Dios? Y como el que le había injuriado lo
oyó nombrar, echóse a sus pies diciendo, que no se levantaría de allí hasta que
se los besase, diciendo: ¿Es éste Ioan de Dios tan nombrado en el mundo? Y Ioan
de Dios le levantó del suelo abrazándole y pidiéndole perdón el uno al otro con
muchas lágrimas. Le quería el caballero llevar consigo a comer, y él se escusó
de ir; y después le envió cincuenta escudos de oro para los pobres.
Otro caso le sucedió, donde también mostró su mucha paciencia; y fue, que
entrando a pedir limosna para los pobres en la casa de la Inquisición vieja,
que tenía una alberca en mitad del patio llena de agua, un paje travieso
llegóse a él y dióle un encontrón, y echóle en el alberca (como todavía estaba
en crédito de algunos que era loco, después que estuvo en el hospital Real). El
con mucha paciencia salió de allí, y con palabras y gesto alegre agradeció al
paje lo que había hecho, de que quedaron admirados los que lo vieron, y de allí
adelante lo tuvieron en mucho más. Una de las mujeres que sacó de la casa
pública y casó, era tan importuna y impaciente, que a cada cosa que le faltaba
le venía a pedir luego, y él procuraba de dárselo y contentalla, y así venía
muchas veces. Una de las cuales halló a Ioan de Dios, que por no tener otra
cosa que dar, había dado el capote y estaba envuelto en una manta, y díxole que
no tenía que dalle, que se volviese otro día; ella, impaciente, embravecióse, y
comenzóle a deshonrar y decille: ¡Mal hombre, hipócrita sancto!. El dixole:
Toma dos reales y salte a la plaza y di eso a voces. Ella volvió a grandes
voces a dehonralle; y él dixo, desque la vio así: Tarde que temprano yo te
tengo de perdonar; yo te perdono desde luego. Y bien obró fructo de vida esta
paciencia, porque esta misma mujer, el día de su entierro, iba entre otras que
él había sacado de mal vivir dando voces por las calles y lamentando y diciendo
grandes males de sí y confesando sus culpas y pecados, y grandes bienes de Ioan
de Dios; diciendo que ella había sido muy mala, y que por su buen exemplo y
amonestaciones sanctas había salido de pecado, y otras muchas cosas con que
hacía llorar a toda la gente. Era tan humilde, que siempre era amigo de decir y
contar siempre las pláticas y enderezándolas a su menosprecio y humillación, y
como resultasen en edificación de los próximos, huyendo toda vanagloria, como
polilla ponzoñosa a la vida espiritual.
CAPITULO XVI
COMO LE COMPRARON A IOAN DE DIOS UNA CASA PARA HOSPITAL, Y OTRAS COSAS QUE
DESPUES SUCEDIERON.
Era tanta la gente que acudía a la fama de Ioan de Dios y a su mucha caridad,
que no cabían en la casa que está dicho que tenía. Y así acordaron gentes
principales y devotas de la ciudad, de compralle una casa que fuese capaz para
todos. Y así la compraron en la calle de los Gomeles; la cual había sido
monasterio de monjas; aquí pasó sus pobres y estendió su real y alojamiento,
poniendo orden para que a todos se les administrase caridad con la honestidad y
decencia debida. Y era tanto el concurso de todas gentes que con él venían a
negociar, que muchas veces apenas cabían de pies; y él, sentado en medio de
todos, con muy grande paciencia, oyendo a cada uno las necesidades que traía,
sin enviar jamás a nadie desconsolado, con limosna o buena respuesta. Salía de
su celda en amaneciendo, y decía en alta voz donde lo oyesen todos lo de la
casa: Hermanos, demos gracias a nuestro Señor, pues las avecicas se las dan; y
rezábales las cuatro oraciones, y luego salía el sacristán, y por una ventana
por donde todos lo oyesen, decía la doctrina cristiana, y respondían los que
podían; y otro la decía en la cocina a los peregrinos, y luego baxaba a
visitallos antes que se fuesen, y a los que estaban desnudos repartía de la
ropa de la ropa que dexaban los difuntos, y (a) los mancebos que veía sanos
decíales: Ea, hermanos, vamos a servir a los pobres de Iesu Cristo. Y él, con
ellos, íbanse a la sierra y cogían leña, y traía cada uno su haz para los
pobres, y destos tuvo mucho tiempo, que con mucha caridad y voluntad se
exerciataban en este oficio de traer leña cada día. Era tan grande el gasto que
en todo lo dicho hacía, que no le bastaba la limosna que en la ciudad llegaba;
y a esta causa se empeñaba en trescientos y cuatrocientos ducados con su mucha
caridad.
Viendo las grandes necesidades que por la ciudad había, y por no ser molesto ni
dar pesadumbre a los ciudadanos de Granada, pidiéndoles siempre de día y de
noche; por dexallo descansar algunos días, salía a pedir limosna a algunos
señores del Andalucía, los cuales tenían noticia dél por sus buenas obras (que
ya por Castilla volaba su fama) y ellos lo socorrían liberalmente para ayuda a
desempeñarse. Entre todos los señores de el Andalucía y Castilla, el que más
socorrió sus necesidades fue el Duque de Sessa, el cual desde mancebo tuvo
cuenta con sus pobres y hospital, y le desempeñó muchas veces de todo lo que
debía en Granada; y sin esto le mandaba dar todas las pascuas del año zapatos y
camisas para vestir y calzar a los pobres; y lo mismo hacía la Duquesa su
mujer, que le hizo muchas limosnas y le favoreció en gran manera. Y así tenía
gran cuidado de que él y sus pobres los encomendasen a nuestro Señor, y
pidiesen para ellos la vida eterna y el consuelo de los trabajos desta vida. No
bastando áun esto, y sientiéndose congoxado por favorecer a los que le acudían
y pagar lo que debía, determinó de llegarse a la corte (que entonces residía en
Valladolid), y pedir socorro al Rey y a los grandes señores, dexando en su
hospital a un compañero suyo y amigo en su peregrinación, llamado Antón Martín,
que mirase por los pobres y casa hasta que él volviese. Llegado que fue a la
corte, el Conde de Tendilla y otros señores que lo conocían, dieron noticias
dél al Rey, y le informaron de las cosas de Ioan de Dios y le metieron en
palacio, donde le habló y dixo desta manera: Señor, yo acostumbro llamar a
todos hermanos en Iesu-Cristo; vos sois mi rey y mi señor y tengo de
obedeceros, ¿cómo mandais que os llame? Respóndió el Rey: Llámame, Ioan, como
vos quisiéredes. Y porque aun entonces no era rey sino príncipe; buen príncipe
os dé Dios en reinar y buena mano derecha en gobernar, y después buen fin para
que os salveis y ganeis el cielo. Y así estuvo hablando con él un buen rato. Y
después le mandó dar limosna él y sus hermanas las infantas, a las cuales cada
día iba a visitar, y dellas y de sus damas recibió muchas joyas y limosnas, y
él lo repartía con los pobres necesitados que había en Valladolid. Doña María
de Mendoza, mujer del Comendador mayor don Francisco de los Cobos, que es una
señora que después de viuda le ha hecho nuestro Señor grandes mercedes en ser
de vida muy exemplar, que ha repartido y reparte su patrimonio, que es muy
grueso, muy liberalmente a los pobres, dando renta muy copiosa a hospitales y
monasterios de monjas pobres, y haciendo limosnas tan gruesas y otras obras de
virtud, que sería largo de contar. Esta señora, pues (como en quien cabía tanta
caridad), le dio aposento en su casa y de comer y todo lo necesario con mucha
caridad y amor, todo el tiempo que en Valladolid residió, y le dio grandes
limosnas que repartiese a los pobres vergonzantes. Y él lo hacía y repartía tan
bien, que ya casi tenía tantas casas de mujeres y hombres pobres que visitar y
dar de comer, como en Granada. Algunas personas que le conoscían y le vían
distribuir y dar limosnas en Valladolid, le decían: Hermano Ioan de Dios, ¿por
qué no guardáis los dineros, y lo llevais a vuestros pobres a Granada? Decía
él: Hermano, dallo aquí ó dallo en Granada todo es hacer bien por Dios, que
está en todo lugar.
Pasados nueve meses que estuvo en la Corte, se volvió a Granada con ciertas
cédulas de limosnas que doña María de Mendoza y el Marqués de Mondéjar le
dieron y otros señores, para pagar lo que debía y mantener los pobres. El cual
padeció grandes trabajos por el camino, descalzo por los ásperos y fragosos
lugares, lo pies llenos de grietas y abiertos por muchas partes, de los
tropezones que daba en las piedras, y pasando grande escocimiento en el cuerpo,
por ser el vestido áspero y grueso y pegado al cuerpo sin camisa; y cuando
llegó llevaba quitado los cueros de la cara y pescuezo y cabeza, de los grandes
soles que hacía y había pasado, por llevar la cabeza descubierta, y con todo
sospirando por llegar a Granada, por ver a sus pobres y remediar sus trabajos.
Llegado que fue a la ciudad, fue grande el alegría y consolación que
recibieron, así los vecinos de Granada, por el grande amor que le tenían, como
sus pobres, que le estaban esperando con deseo de verle; y especialmente los
pobres vergonzantes y mujeres que él había casado, que le habían echado mucho
menos, porque no tenían otro padre ni quien los socorriese. Pagadas, pues,
parte de las deudas que debía, con lo que de la Corte truxo, y remediadas
muchas necesidades que de nuevo halló, especialmente de pobres que casó,
todavía quedó debiendo más de cuatrocientos ducados; porque para cumplir estas
necesidades se tornó a empeñar de nuevo, porque no le sufría el corazón ver
padecer al pobre necesidad sin dalle remedio. Por esta causa padecía mucha
congoxa hasta verse sin deudas; y por otra parte parecía imposible, según cuan
sin duelo dalo lo que tenía, en ofreciéndosele alguna necesidad.
CAPITULO XVII
DE LA PENITENCIA DEL SIERVO DE DIOS, Y DEL PRINCIPIO DE SU HABITO.
Sólo el ordinario trabajo, que Ioan de Dios tenía en procurar las limosnas y
curar a sus pobres, era tan grande penitencia y mortificación de la carne, sin
la continuas demandas y importunaciones de todos, que era muy bastante carga
para otro cuerpo que fuera sano y recio, y aun lo que pudiera llevar con solas
fuerzas humanas. Y con todo esto no se conformaba el hermano Ioan de Dios,sino
que con obras de mucha penitencia mortificaba su carne, y la hacía servir al
espíritu, no concediéndole aun lo muy necesario. Su comer era poco y de un
manjar; y si no era fuera de casa, donde le rogaban por su consuelo que
comiese, siempre comía manjares viles. Lo más ordinario era de una cebolla
asada o de otros manjares de poco precio. Ayunaba los días de precepto con poco
comer y sin hacer colación, y los viernes a pan y agua; y este día todo el año
se deciplinaba muy ásperamente, hasta derramar mucha sangre, con unos cordeles
ñudosos. Y esto sin dexallo por cansado y fatigado que viniese. Su dormir era
en una sola estera en el suelo con una piedra por cabecera, cubierto con un
pedazo de manta vieja; y otras veces en un carretón, que había sido de un
tollido, con la misma ropa, en un aposentillo muy angosto debaxo de una
escalera. Andaba siempre descalzo en la ciudad y en todos los caminos, y
descaperuzado, y rapado a navaja barba y cabeza, y sin camisa ni otro vestido
más que un capote de xerga ceñido y unos zaragüelles de frisa; andaba siempre a
pie, sin subir jamás en alguna bestia en camino ni fuera dél, por cansado y
despeado que viniese; ni por tempestades de agua y nieve que hobiese se cubrió
la cabeza desde el día que comenzó a servir a nuestro Señor hasta que lo llamó
para sí; y con todo eso se compadecía de los muy livianos trabajos de sus
próximos, y los procuraba remediar, como si él viviera en mucho regalo.
Aconteció una vez, que yendo un noche de invierno tarde y tempestuosa y escura
a su hospital, y subiendo la calle de los Gomeles, cargado con la capacha con
bastimento y un pobre a cuestas, que de camino había hallado en la plaza Nueva,
baxaba por la calle tanta agua, que dio con él en el suelo, y al ruido del agua
y sus gemidos del pobre, asomóse un pleiteante, hombre de mucho crédito, a una
ventana baxa donde había caído, y oyóle que estaba riñendo consigo y dándose
con la cayada de golpes, y diciendo: Así, don asno, torpe y mal inclinado,
floxo, haragán, lerdo, ¿no habeis comido hoy? Pues si habeis comido, ¿por qué
no trabajais? ¿No mirais que aquellos pobrecicos, para quien vos trabajais, han
menester comer? ¿Y no mirais éste que llevo cuál está muriéndose, y que tal lo
habeis parado ahora? Y diciendo esto se levantó con mucho esfuerzo, que estaba
arrodillado, y se fue dándole el agua a media pierna; y el que lo oyó dio fee,
que todo esto decía de suerte que nadie lo pudiera oir sino él, que sin velle
estaba escuchándolo, porque pasó debaxo de su ventana. Y otro día,
preguntándole cómo le había ido con la caída, se lo negó, disimulando con él, y
desta manera hacía de ordinario. En viendo él pobre, sin esperar más ayuda, se
lo echaba a cuestas, y lo llevaba a su hospital con mucho trabajo, porque
andaba flaco y enfermo.
El traje y vestido que Ioan de Dios traía, y el nombre con que se nombraba, no
fue sin misterio, y bien hay que considerar en ello; y aunque no tuviera otra
estima, sino habello traído este sancto varón, era de estimar en mucho, y quiso
nuestro Señor aun autorizallo más, como se verá. Y sucedió así, que estando
Ioan de Dios comiendo un día con un Obispo de Tuy (que en aquel tiempo se halló
en Granada) le preguntó que cómo se llamaba. El le dijo, que Ioan; y el obispo
le respondió, que se llamase Ioan de Dios; él respondió: Si Dios quisiere; y
desde entonces le comenzaron todos a llamar Ioan de Dios. Y tenía Ioan de Dios
por costumbre cuando vestía algún pobre de su vestido, vestirse él el del
pobre; y como el Obispo le viese tan mal parado y tan desechado vestido en su
persona, después de habelle puesto el nombre, le dixo: Hermano Ioan de Dios,
por vuestra vida, que pues llevais de aquí el nombre, que tomeis también la
manera del vestido; porque ese que traeis da asco y pesadumbre a los que tienen
devoción de trataros y sentaros a su mesa; y sea, que os vistais de un cossete
y uno calzones de buriel y un capote de sayal encima, que son tres cosas en
nombre de la Sanctísima Trinidad. Y él concedió en ello de voluntad, y luego lo
hizo comprar el obispo, y se lo vistió de su mano; y así fue con nombre y
vestido y con bendición de mano del Obispo, y no lo mudó hasta que murió.
CAPITULO XVIII
DE SU CONTINUA ORACION, Y COMO FUE PERSEGUIDO DEL DEMONIO Y DIXO ALGUNAS COSAS
OCULTAS ANTES QUE SUCEDIESEN.
Aunque al hermano Ioan de Dios le había nuestro Señor particularmente llamado
para las obras de Marta (en las cuales se ocupaba lo más del tiempo) no por eso
se olvidaba de las de María; porque todo el tiempo que le sobraba lo ocupaba en
oración y meditación; tanto, que muchas veces se le pasaban las noches enteras
llorando y gimiendo, y pidiendo a nuestro Señor perdón y el remedio para las
necesidades que veía, con tan profundos gemidos y sospiros, que bien daba a
entender que sabía como ésta es la áncora y fundamento de toda la vida
espiritual, y la que trae bien despachados todos los negocios con Dios, y sin
la cual poco fundamento lleva todo lo demás. Y así no emprendía cosa ninguna
que no la encomendaba primero, y hacía encomendar muy de veras nuestro Señor. Y
con esto hacía tanta guerra al demonio, que siempre salía victorioso de las
batallas que con él tenía, que fueron muchas, invisibles y visibles. De las
cuales contaré aquí algunas que le sucedieron, con que nuestro Señor quiso
coronar a su siervo, y fue así: Sucedió, que estando en su celda una noche
orando, un su sirviente, que dormía cerca, oyóle dar grandes gemidos y que
parecía que estaba peleando con alguno, y al ruido acudió a él, y hallóle de
rodillas muy fatigado y sudando mucho y diciendo: Iesús me libre de Satanás,
Iesús sea conmigo. Y volviendo el sirviente la cabeza a una ventanilla, que
salía a la calle, vio una figura muy fiera, que tuvo que era el demonio, y
dando voces a los demás sirvientes de la casa, les decía: ¿No veis al demonio,
que está metido por la ventana y echando fuego por la boca? Y aunque volvieron
las cabezas nada vieron, y luego desapareció; y subieron al hermano Ioan de
Dios a una enfermería, donde le tuvieron en un cama ocho días muy maltratado y
molido de lo que había pasado, sin declarar nada de lo que había pasado. Sólo
decía algunas veces entre sí santiguándose: ¿Piensas, oh traidor, que he de
dexar lo comenzado?
Otra vez, de ahí a pocos días, en el mismo aposento, estando de rodillas orando
y cerrada la puerta, se le puso delante una mujer de muy buen parecer, y él le
preguntó, que por dónde había entrado. Y le respondió: Para mí no es menester
puerta, que por donde quiero puedo entrar, y él le dixo: No es posible que
pudieses entrar si no eres algún demonio. Y levantóse para ver si estaba
cerrada, y hallo que sí, y cuando volvió la cabeza no la vio; y subióse luego a
donde estaban los enfermos, llorando y diciendo: Hermanos, ¿por qué no rogais a
Dios por mí, que me tenga en su mano?
Sucedió otra vez, saliendo tarde de la noche de la casa de un hombre principal
de Granada, que en un calle se le atravesó entre los pies un puerco y le hizo
caer; y no dexándolo levantar, le truxo casi una hora al rededor hozando sobre
él y hollándolo, hasta que salieron de casa de un médico, llamado el doctor
Beltrán, que allí vivía, a socorrelle; y preguntándole qué había sido, dixo,
que no sabía más de que le habían empuxado y hecho caer y traído al derredor en
el lodo; y queriéndolo entrar en la casa del doctor; él no quiso sino que le
llevasen con sus pobres. Y así le llevaron, donde estuvo más de un mes
desollado el rostro y muy maltratado y molido. Saliendo otra vez de una
enfermería por una puerta que estaba junto a una escalera, le dieron un empuxón
sin ver quién, y le hicieron rodar la escalera hasta el patio, diciendo él:
Iesús sea conmigo. Y al ruido salió la gente de casa y lo vio como había caído,
y él levantándose se metió en su aposento, y tomando un Crucifixo en las manos,
comenzó a orar y a razonar con él con muchas lágrimas. Otra vez (como
acostumbraba pedir de noche) pasando por una plaza de noche, se le puso un
hombre delante y le dixo: Dame limona; y Ioan de Dios le dixo: ¿En qué nombre
la pides? Y él calló y desapareció. Y más arriba en otra calle se le volvió a
poner diciendo, que porqué no le daba limosna. Y él dixo, que si no se la pedía
por amor de Iesu-Cristo, que no se la podía dar; y diciendo esto le dio un
golpe en los pechos que le hizo volver algunos pasos atrás, y desapareció.
Estando otra vez en su celda en oración, oyeron que dio un grito, diiendo:
Iesu-Cristo, hijo de Dios vivo, socórreme. Y acudieron todos a su voz, y
abriendo la puerta le hallaron abrazado con una cruz, hincado de rodillas
delante una imagen de la Encarnación; y preguntándole que había tenido,
respondió, que le habían levantado en el aire y traído por el aposento, y que
le dexaron caer de lo alto dando en el suelo un gran golpe; y luego lo sacaron
de allí y llevaron a la enfermería de los pobres; y sucedió que lo pusieron
junto a un enfermo, que había ocho días que estaba penando. Y otro día de
mañana dixo Ioan de Dios al enfermo (que estaba con sus sentidos entero): Di,
traidor, ¿por qué no confiesas la verdad? ¿No ves que está aquí el demonio para
llevar tu ánima? Y respondió el enfermo, que cómo lo sabía. Yo lo sé, dixo él;
y para que sepas que lo sé: tú eres casado dos veces y son vivas las dos
mujeres; y demás desto has cometido un pecado de sodomía, que por vergüenza no
has confesado: confiésalo, pues a Dios es manifiesto, y tendrás salud en el
alma. El enfermo quedó muy maravillado, diciendo, que nadie en el mundo lo
sabía sino él, y pidióle luego con instancia que le truxese un confesor; y él
le truxo un fraile de sant Francisco, y confesó y recibió el Sanctísimo
Sacramento y murió, a lo que dio muestras, con gran arrepentimiento y devoción.
Y así decía otras cosas ocultas, que nuestro Señor le revelaba para bien y
aprovechamiento de las almas de sus pobres que le había encomendado; y por sus
méritos les concedía nuestro Señor que saliesen del pecado, como se lee en
muchos santos, y pareció en el caso ya dicho y en otro que sucedieron; de que
diré otro, que se supo de personas de crédito.
Había una mujer en el mismo hospital enferma, que sin quietarse daba grandes
voces teniendo entero juicio, y decía que la arrastrasen por la plaza de
Vivarrambla; y un noche oyéndola Ioan de Dios, subió allá y díxole: ¿Por qué
das voces? Respondió; Porque quiero que me arrastren; y él le dixo: Quita el
demonio de tu corazón, y luego no querrás que te arrastren; porque bien sé yo
que ha diez años que estás amancebada. Y ella respondió, que era verdad, y que
otros diez años que había que no confesaba verdad. Y Ioan de Dios entonces le
persuadió con muy amorosas palabras, animándola a que pidiese perdón a Dios y
confesase sus pecados. Y ella lo hizo, y murió cristianamnte. Estando una vez
enfermo en una enfermería de su hospital, llamó a un enfermero, y díxole: que
fuese a una sala que estaba sobre aquélla, y que pusiese una vela en la mano de
un niño que quería expirar; y el enfermero fue, y lo halló así, y se espantó de
sabello Ioan de Dios, porque aun no sabía que estuviese allí enfermo aquel
niño; y se la puso, y a la hora espiró. Contaba una persona su devota, que le
decía algunas veces que había de morir entre viernes y sábado; y así fue, que
murió después de pasada media hora de la media noche. Y asimismo, que había de
haber muchos de su hábito en el ministerio de los pobres por todo el mundo; y
así se va cumpliendo, como en su lugar se dirá.
CAPITULO XIX
DEL FERVIENTE CELO QUE TENIA DE LA HONRA DE DIOS Y DE LA SALVACION DE SUS
PROXIMOS.
Del mucho amor que Ioan de Dios tenía a nuestro Señor le procedía un deseo
ferventísimo, que fuese honrado en todas sus criaturas. Y así lo procuraba como
principal fin en todas sus obras, que dellas resultase gloria y honra de
nuestro Señor; de suerte que la cura del cuerpo fuese medio para la del alma. Y
jamás administró lo temporal a alguno, que con ello no procurase juntamente
remediar su alma, si dello tenía necesidad, con sanctas y fervientes
amonestaciones, como él mejor podía, encaminando a todos a la carrera de la
salud predicando más con vivas obras que palabras el menosprecio del mundo y la
burlería de sus engaños, y el tomar su cruz y seguir a Iesu-Cristo; como todo
esto ha parecido bien por el discurso de lo que está dicho de su vida. Y la
paciencia grande con que sufría cualquiera pesadumbre o injuria, acosta de que
(como buen mercader) sacase alguna ganancia que perteneciese a la honra de
Dios, que era la mercadería que trataba. Y aunque de esto se podrían contar
muchos casos que le sucedieron, sólo diré uno que oí a personas fidedignas, y
fue así: Estaba en Granada una mujer, que había venido a seguir un pleito de
fuera de ella, en estreno de buen gesto, y pobre; y entrando Ioan de Dios en
casa de un letrado vióla allí, y considerando su manera y en lo que entendía,
parecióle que andaba en manifiesto peligro de ofender a nuestro Señor. Apartóla
a una parte y preguntóle de su vida; y como ella se la contase y su necesidad,
díxole: Ruego, señora, por amor de nuestro Señor, que hagais lo que yo os
dixere; y hareis en vuestro remedio, y vuestro pleito se hará mejor; y es, que
yo os encaminaré a que vivais en un casa de unas mujeres reogidas, en su
compañía y en aposento aparte, a donde esteis a vuestro gusto, conforme a
vuestra calidad. Y yo os daré de comer y solicitaré vuestro pleito, por sólo
que esteis recogida y no salgais fuera, por el peligro de vuestra honra. La
mujer vino de buena gana en ello; y él la puso, como dixo, en un casa honrada,
y le daba lo necesario y solicitaba su pleito; y iba algunas veces a vella para
dalle el bastimento, y cuenta del estado de su pleito, y siempre le pedía de
rodillas y con lágrimas no saliese y mirase por su honra y no ofendiese a Dios,
pues él le daba de comer y hacía su pleito. Sucedió que un noche tarde algo,
andando pidiendo, entró en una casa de camino, y hallóla sola en su aposento y
muy compuesta; comenzóla a reeprehender ásperamente la compostura y el estar
sola a tal hora, diciéndole tales cosas que la hizo llorar; y amonestándola lo
que debía hacer, se fue dándole lo que solía para su sustento. Y parece que
esta mujer, con poco temor de nuestro Señor, tenía un mancebo escondido detrás
de una cama para pecar con él. El cual oyó todo lo que pasó; y hicieron en él
tal impresión las palabras de Ioan de Dios, y el ver con cuanta caridad
procuraba la honra de Dios y el bien de aquella alma, que totalmente quietó en
él este el fuego de la concupiscencia en que él estaba enlazado. Y salido de
allí llorando y convertido, comenzó a persuadir a aquella mujer que fuese
casta, y no diese tan mal pago a Dios y a aquel sancto, que en su nombre la
mantenía y persuadía la verdad y lo que le convenía. Y en aquel mismo punto se
salió luego de la casa, y se fue haciendo firmísimo propósito de no ofender más
a nuestro Señor, sino serville. Y así lo cumplió, porque de ahí adelante mudó
su vida en mejor, y acabó con muy buen exemplo y cristiandad. Y bien se
entiende por aquí la gran bondad y magnificencia de nuestro Señor, que no
permitió que quedase sin fructo el trabajo que por su amor puso su siervo; pues
ya que aquella mujer no quiso aprovecharse de tanto bien como se le ofrecía
(como por la mayor parte hacen las tales) su Majestad deparó quien recibiese
aquella gracia. Porque tiene dicho por su profeta Isaías, cap. 55: Mi palabra
que saliera de mi boca no volverá a mí vacía, sino hará todo aquello que yo
quisiere, y prosperarse ha en aquellos para quien la envié.
CAPITULO XX
DE LA MUERTE DE IOAN DE DIOS.
Eran tantos los trabajos en que Ioan de Dios se ocupaba por dar remedio a los
de todos, así de caminos y salidas que hacía, en que padecía muchas frialdades,
como del trabajo ordinario de la ciudad, que se desvencijó, y desta enfermedad
(como él le hacía poco regalo) padecía gravísimos dolores, y disimulaba cuanto
él podía, por no dallo a entender y dar pena a sus pobres en vello malo; mas
estaba ya tan flaco y debilitado y sin fuerzas, que no lo podía ya disimular. Y
sucedió a esta sazón, que el río Genil vino aquel año muy crecido por las
grandes aguas que había llovido; y dixéronle a Ioan de Dios, que el río con la
creciente traía mucha leña y cepas. Y él determinóse, con la gente sana que
había en casa, de illa a sacar, porque el invierno era muy fuerte de nieves y
fríos, para que los pobres hiciesen lumbre y se calentasen. De meterse en el
río en tal tiempo, cobró tanta frialdad sobre la enfermedd que tenía, que
aquexándole más gravemente el dolor que solía, cayó muy enfermo; y la causa de
meterse tanto en el río fue, que de la gente pobre que venía a sacar leña, un
mozuelo entró incautamente en el río más de lo que sufría, y la corriente
arrebatólo y llevábalo; y Ioan de Dios, por socorrelle, entró mucho, y al fin
se ahogó, que no pudo asille. Y desto cobró mucha pena; de manera que su
enfermedad se iba agravando cada día más.
Como era llegado el término que nuestro Señor tenía puesto para dar a su siervo
el premio y galardón de su trabajos, sucedió, estando así en la cama, que
algunas personas con celo indiscreto, y pasándoseles muy por alto, y no
entendiendo el subido modo de proceder de Ioan de Dios, fuéronse al Arzobispo
don Pedro Guerrero, que a la sazón era de Granada, y informáronle cómo en el
hospital de Ioan de Dios se llegaban hombres de muchas maneras; y que había
algunos que podían trabajar, y que no albergándose allí irían a trabajar y
buscar su vida; y que así mesmo había mujeres malmiradas, que deshonraban a
Ioan de Dios, no teniendo respecto al bien que se les hacía: que mandase poner
remedio en esto, pues a él pertenecía. Oído por el Arzobispo (como buen pastor
que era y perlado muy celoso de la salvación de sus ovejas) mandó llamar a Ioan
de Dios, no sabiendo que estaba malo. Como lo oyó levantóse como pudo, y fue
luego a su llamado con toda presteza; y llegado a él le besó la mano y recibió
su bendición, y le dixo: ¿Qué es lo que manda, buen padre y perlado mío. El
Arzobispo le dixo: Hermano Ioan de Dios, he sabido cómo en vuestro hospital se
recogen hombres y mujeres de mal exemplo y que son perjudiciales, y que os da
mucho trabajo a vos propio su mala crianza; por tanto despedidlos luego, y
limpiad el hospital de semejantes personas, porque los pobres que quedaren
vivan en paz y quietud, y vos no seais tan afligido y maltratado dellos. Ioan
de Dios estuvo muy atento a todo lo que su perlado le dixo: Padre mío y buen
perlado, yo soy el malo y el incorregible y sin provecho, y que merezco ser
echado de la casa de Dios; y los pobres que están en el hospital son buenos, y
yo no conozco vicio ninguno dellos; y pues Dios sufre a malos y buenos, y sobre
todos tiende su sol cada día, no será razón echar a los desamparados y
afligidos de su propria casa. Fue tan agradable al Arzobispo la respuesta que
Ioan de Dios dio, viendo el amor tan paternal y afecto tierno que a sus pobres
tenía; y cómo por volver por ellos se echaba a sí todas las faltas que se les
imputaban, que como sabio y espiritual, entendiéndolo bien, y pareciéndole que
a tal hombre bien se le podía encargar más que aquello, le dio su bendición y
le dixo: Id bendito de Dios, hermano Ioan, en paz, y haced en el hospital como
en vuestra casa propria, que yo os doy licencia para ello. Con esto se despidió
dél, y se vino para su hospital. Y viendo cómo se le agravaba el mal (porque de
ahí a poco le dio frío y calentura, y sospechando lo que podía ser) se esforzó
cuanto pudo, dándole nuestro Señor fuerzas para ello, y tomó un libro blanco y
unas escribanías y un hombre que le escribiese, y se fue por la ciudad de casa
en casa de los que algo debía; íbalos asentando, y la cantidad de la deuda, y
de qué se debía; y algunas había que ya no se acordaba su dueño dellas. Y así
puso por orden todo lo que debía, y trasladallo en otro libro de manera que
hobiese dos; y el uno se puso en los pechos y el otro mandó guardar en el
hospital, a fin de que si Dios le llevase y se perdiese el uno, estuviese allí
en depósito el otro, y se pagase lo que debía, habiendo claridad dello; y este
fue su testamento. Y acabado de hacerse, volvió a su celda tan fatigado ya, que
no se podía menear, y se acostó; y desde allí, como no podía salir, con cédulas
que enviaba, procuraba remediar los pobres que a él acudían. Y nuestro Señor
proveía tan cumplidamente lo necesario como si él anduviera, como solía,
procurándolo; porque todos lo señores y ciudadanos proveían cumplidamente,
sabida su enfermedad, y animaban a su compañero Antón Martín a que supliese lo
que Ioan de Dios faltaba.
Sabida que fue su enfermedad de doña Ana Osorio, mujer del veinte y cuatro
García de Pisa, señora de mucha cristiandad y exemplo (a quien por esto amaba
mucho el hermano Ioan de Dios), le fue a visitar; y vista su dolencia y el poco
refrigerio que allí tenía, y tan cercado de pobres, que no le daban lugar a
reposar un poco (y él, que a nada contradecía), le rogó muy ahincadamente, que
consintiese que lo llevasen a su casa a curar, donde se le haría cama y darían
lo necesario; porque hasta allí sólo en las tablas estaba echado y la capacha
en la cabecera; y aunque él se escusó todo lo que pudo, diciendo, que no lo
sacasen de entre su pobres, porque entre ellos quería morir y ser enterrado, al
fin le venció con decille, que pues él había predicado a todos la obediencia,
que obedeciese ahora a los que con tanta razón le pedían por amor de Dios. Y
así truxeron una silla para llevallo; y puesto que fue en ella, como lo pobres
supieron que lo querían llevar, todos los que pudieron se levantaron y le
cercaron; y aunque le quisieran resistir por el gran amor que le tenían, como
es gente que a los infortunios y trabajos que tienen nunca hacen resistencia
sino con gemidos y lágrimas, comenzaron todos a levantar tal alarido y gemido,
hombres y mujeres, que no hobiera corazón, por duro qye fuera, que no reventara
en lágrimas. Y él, oyéndolo y llorando y viéndolos afligidos, alzó lo ojos al
cielo con sospiros, y díxoles: Sabe Dios, hermanos míos, pues Dios es servido
que muera sin veros; cúmplase su voluntad. Y echándoles su bendición a cada uno
por sí, les dixo: Quedad en paz, hijos míos, y si no nos viéremos más, rogad a
nuestro Señor por mí. A estas palabras tornaron a levantar de tal manera el
alarido y decían tales lástimas, que penetraron de tal manera las entrañas de
Ioan de Dios (que poco había menester, porque los amaba) que quedó desmayado en
la silla. Y vuelto en sí, por no dalle más pena, lo llevaron en casa de esta
señora; y como había comenzado a obedecer y propuesto de hacello, aunque hasta
allí, por enfermo que estuviese, nunca había mudado el traje, por áspero y
pobre que era, entonces dexó que hiciesen en él cuanto le mandaban, por dar
exemplo de obediencia. Y así le pusieron camisa y le echaron en una cama, y
curaron de él con mucha caridad y cuidado, así de médicos como de medicinas y
todo lo demás necesario. Y aquí fue visitado de muchas personas principales y
señores, y de todos regalado, a porfía el que más podía. Y él de todo esto no
gustaba, salvo de la caridad que vía que a ello les movía; porque, junto con
esto, le habían privado que no viese pobre ninguno y puesto un portero que no
los dexase entrar, porque en viéndolos lloraba y recebía pena.
Como el Arzobispo supo cuan al cabo estaba, fuélo a visitar, y consolólo con
sanctas palabras, animándole para aquel camino; y al cabo le dixo, si tenía
algo que le diese pena, que se lo dixese, porque, pudiendo él, lo remediaría.
El le respondió: Padre mío y buen pastor, tres cosas me dan cuidado: la una lo
poco que he servido a nuestro Señor habiendo recebido tanto; y la otra los
pobres que le encargo, y gentes que han salido de pecado y mala vida, y los
vergonzantes; y la otra estas deudas que debo, que he hecho por Iesu-Cristo. Y
púsole el libro en la mano, en que estaban asentadas. Y el perlado respondió:
Hermano mío, a lo que decís que no habeis servido a nuestro Señor, confianza en
su misericordia, que suplirá con los méritos de su pasión lo que en vos ha
faltado; y en lo de los pobres, yo los recibo y tomo a mi cargo, como soy
obligado; y en cuanto a las deudas que debeis, yo las tomo desde luego a mi
cargo para pagallas; y yo os prometo de hacello como vos mismo lo hiciérades;
por tanto sosegá y nada os de pena, sino sólo atended a vuestra salud y
encomendaros a nuestro Señor. Gran consolación recibió lo que le prometió; y
después de habelle dicho otras palabras de mucha consolación le besó la mano y
recibió su bendición; y despedido, se fue de camino a visitar el hospital.
Agravándosele más la enfermedad a Ioan de Dios, recibió el sacramento de la
penitencia (aunque muy a menudo lo hacía siempre) y truxéronle a nuestro Señor
y adorólo,, porque la enfermedad no daba lugar a recibillo, y llamando a su
compañero Antón Martín, encargándole mucho los pobres y los huérfanos y los
vergonzantes, amonestándole lo que había de hacer con muy sanctas palabras.
Pues sintiendo en sí que se llegaba su partida, se levantó de la cama y se puso
en el suelo de rodillas abrazándose con un Crucifixo, donde estuvo un poco
callando, y de ahí a un poco dixo: Iesús, Iesús, en tus manos me encomiendo. Y
diciendo esto con voz recia y bien inteligible, dio el alma a su Criador,
siendo de edad de cincuenta y cinco años, habiendo gastado los doce déstos en
servir a los pobres en el hospital de Granada. Y sucedió una cosa harto digna
de admiración, y que no sabemos que se lea de otro ningún santo, sino de S.
Pablo el primer ermitaño: Que después de muerto quedó su cuerpo fixo de
rodillas sin caerse por espacio de un cuarto de hora, y quedara así hasta hoy
con aquella forma, si no fuera por la simpleza de los que estaban presentes,
que como lo vieron así, les pareció inconveniente, si se helaba, para podello
amortajar. Y así lo quitaron, y con dificultad lo estiraron por amortajallo, y
le hicieron perder aquella forma de estar de rodillas. Estuvieron presentes a
su muerte muchas señoras principales y cuatro sacerdotes, y todos quedaron
admirados y dieron gracias a nuestro Señor de tal manera de muerte, y cuan bien
hacía consonancia con la tal vida. La cual fue a la entrada del sábado, media
hora después de maitines, a ocho de Marzo de mil y quinientos y cincuenta años.
CAPITULO XXI
DEL ENTERRAMIENTO Y OBSEQUIAS DE IOAN DE DIOS.
Bien se cumplió en la muerte de Ioan de Dios lo que Cristo nuestro redemptor
dixo en su evangelio por sant Mateo cap. 23: Que el que se humillase sería
ensalzado. Pues él, todo el tiempo que sirvió a nuestro Señor gastó en abatirse
y menospreciarse, y ponerse en lugar baxo y humilde por todos los modos y
maneras que él pudo, como en el proceso de su vida parece bien claro. Así,
nuestro Señor, cumpliendo bien su palabra, tuvo tanto cuidado en vida y en
muerte de levantallo y honrallo, que se puede bien decir, que a su cuerpo se le
hizo el más sumptuoso y honrado enterramiento que jamás se hizo a príncipe,
emperador, ni monarca de el mundo; porque, aunque a algunos príncipes haya
acudido a su entierro tanta y tan principal gente o más, sería muy diferente el
afecto de los unos o de lo otros, que es con lo que se da la verdadera honra;
porque áquellos, por cumplimiento y aplacer al sucesor, y algunas veces por
fuerza (como son todos cumplimientos del mundo); pero a éste fue diferente,
porque siendo tan pobre y menospreciado y no poseyendo algo en la tierra, no se
pudo poner sospecha, en los que le acudieron a honralle, de ninguna de las tres
cosas que sant Ioan dice andan embelesados los hombres del mundo; y con todo
eso, no siendo de día y sabiendo que Ioan de Dios era muerto, fue tanta la
gente que acudió, sin llamar a ninguno, de todas calidades, que fue cosa de
admiración.
Amortajaron el cuerpo, y pusiéronlo sobre un sumptuoso lecho bien adornado en
una sala grande, y allí se pusieron tres altares, y se dixeron luego gran
número de misas por todos los frailes y clérigos de la ciudad, que les dieron
lugar desde aquella hora hasta que lo llevaron a enterrar, y todos iban a decir
sus responsos al cuerpo. Cuando fueron las nueve de la mañana, era tanta la
gente que había acudido al entierro, que no cabían en la casa ni en las calles.
Comenzóse a hacer, y tomaron el cuerpo en sus hombros el Marqués de Tarifa y el
Marqués de Cerralbo y don Pedro de Bobadilla y don Ioan de Guevara, y baxáronlo
hasta la calle, y allí hubo alguna contienda sobre quién lo había de llevar; y
acudió un padre venerable y de mucha santidad, de la orden de los Menores,
llamado Cárcamo, con otros de su religión, y dixo: Este cuerpo nos conviene
llevar a nosotros, pues su vida imitó tanto a la de nuestro padre S. Francisco
en pobreza, penitencia y desnudez. Y así se lo dexaron un buen trecho, y
después acudían religiosos de todas órdenes, y a trechos llevaba cada uno un
rato hasta llegar a nuestra Señora de la Victoria. El Corregidor y justicia
ponían orden en la gente y hacían lugar, y era bien menester, según la
muchedumbre había; y iba hecha una procesión en esta manera: Iban en la
delantera los pobres de su hospital y todas las más de las mujeres que él había
casado y doncellas pobres y viudas, todos con sus candelas en las manos,
llorando amargamente y contando a voces los bienes y limosnas que dél habían
recebido. Y luego iban todas las cofradías de la ciudad y los frailes de todas
las órdenes, mezclados, con sus velas. Y luego la cruz de la parroquia con sus
clérigos, y al cabo el cabildo y canónigos y dignidades de la Iglesia con su
cruz, y el Arzobispo y capellanes de la capilla Real, y luego el cuerpo; y
detrás lo veinte y cuatro y iurados de la ciudad y caballeros y señores con
ellos; y luego todos los oficiales y letrados de la Audiencia Real y otra
infinita gente; haciendo sentimiento por él, y no sólo los cristianos viejos,
sino los moriscos también lloraban y iban diciendo en su algarabía el bien y
limosnas y buen exemplo que a todos había dado, y clamaban echando mil
bendiciones. Doblaron en la Iglesia mayor con todas las campanas, y en todas
las parroquias y monasterios de la ciudad con tanto clamor, que parecía que
como racionales, haciendo sentimiento diferente del que suelen.
Llegados que fueron a un placeta que está delante la puerta de nuestra Señora
de la Victoria, pararon con el cuerpo; porque era tanta la priesa de entrar a
la iglesia, por la mucha gente que cargó, que fue menester detenerse gran
espacio de tiempo, porque no era posible entrar. Y con la gran devoción que la
gente le tenía, pareciéndoles que ya no le habían de ver más en esta vida,
remetieron, sin poder ser resistidos, a ver y tocar el cuerpo y llevar alguna
reliquia dél; que unos tocaban cuentas y otros horas y otras cosas para su
consuelo; y fue tanta la gente que se llegó y los gritos que sobre el cuerpo
daban llorando, que en ninguna manera los podían apartar dél, ni por ruegos ni
por fuerza; y si Dios no proveyera de hacerlo apartar, hasta el ataud hicieron
pedazos, para llevar por reliquias, como comenzaron y no dieron lugar al
entierro. Finalmente, dando lugar, entraron el cuerpo en la iglesia, y le
pusieron sobre un rico lecho que estaba hecho. Salieron a recibille los frailes
que quedaron en casa, y fueron a traelle con su general (que a la sazón estaba
en Granada), el cual hizo el oficio y dixo la misa, y un fraile de la misma
orden predicó muy subidamente, tratando de la humildad y menosprecio del mundo,
y cómo por este camino ensalza nuestro señor a los suyos. Dixéronse muchas
misas aquel día, con gran copia de hachas y cera, y enterráronlo en una bóveda
de la capilla de García Pisa, que era de aquella de aquella señora en cuya casa
murió. Y otros dos días, que fueron domingo y lunes, se hizo de la misma
manera, con la misma solemnidad de misa y sermón y otras misas y mucho concurso
de pueblo; y no se predicó sermón en más de un año en Granada, en que no se
truxese a plática Ioan de Dios y su vida, para prueba de algo que se trataba y
exemplo del pueblo. De este día en veinte años entraron unos caballeros en la
bóveda con deseo de velle y hallaron que estaba entero sin comérsele sólo el
pico de la nariz; de lo cual quedaron admirados, por no haber hecho en su
cuerpo diligencia ninguna de embalsamalle como a otros, para que no se
corrompan. El cual, según sus obras y la gran bondad y misericordia de nuestro
Señor, se puede piamente creer, que está gozando de su Majestad en su gloria,
que según su palabra tiene aparejada para los tales; a la cual plega a su
Majestad encaminar nuestros pasos con tal vida y obras, que merezcamos vivir
con él para siempre. Amén.
CAPITULO XXII
DE LO QUE SUCEDIO DESPUES DE LA MUERTE DE IOAN DE DIOS.
Ya queda dicho cómo antes que pasase desta vida Ioan de Dios, quedó encomendado
el hospital a su compañero Antón Martín para que le rigiese y mirase por él,
como él hacía; el cual, como bien enseñado de su maestro en la caridad y cura
de los pobres, estuvo algunos días en el hospital exercitando su oficio con
mucho cuidado; y movido de las necesidades que vio que la casa tenía, parecióle
ir a la Corte a pedir a los señores y grandes (como Ioan de Dios hacía) para
cumplir con ellas y llevar adelante la obra comenzada. Y allá algunas personas
devotas y principales persuadiéronle que fundase en Madrid un hospital de su
instituto y orden, que era muy necesario para que con caridad y cuidado se
curasen los enfermos y pobres, y que le darían muchas ayudas para ello con que
se pudiese hacer. El cual lo aceptó, y se comenzó a hacer y se hizo donde ahora
está, y se dice el hospital de Antón Martín, tan grande y principal como todos
saben, donde se curan muchos pobres, y hay muchos hermanos del mismo orden y
instituto que en Granada, salvo que diferencian en ser un poco más escuro el
color del sayal que traen, que los de Granada; y traen las capachas debaxo del
brazo, y no al hombro, porque decían que les sucedía topar con ellas a los
caballeros y personas principales con quien trataban, como hay tantos allí.
Comenzada esta obra de Madrid y estando en buenos términos, Antón Martín volvió
a Granada y truxo muchas mantas y lienzo de ropa y otras limosnas en dinero
para el hospital, y dando cuenta al Arzobipo don Pedro Guerrero del estado del
hospital que dexaba comenzado. Y pedida su licencia y habida, se volvió allá;
donde estuvo exercitándose en muy sanctas obras, así de su hospitalidad como de
penitencia (porque fue en extremo penitente y de gran exemplo y de buena vida)
hasta que murió; y como su vida había dado a todos buen olor, acudieron a su
enterramiento todos los señores y grandes de la Corte, y hízose muy solemne, y
enterráronlo en una capilla principal del monasterio de sant Francisco de la
villa de Madrid, donde reposa en el Señor.
Pues, volviendo a nuestra historia: como Antón Martín se fue, quedaron en el
hospital otros hermanos, de que después haré más mención (que como discípulos
de tan santo varón, salieron tales, que es bien digna de saberse su vida y lo
que después hicieron). Y éstos regían y administraban el hospital por el orden
que vieron a su maestro, siendo siempre uno hermano mayor, que como superior
mandaba todo lo de casa, y los demás le obedecían. Sucedió, pues, que como eran
tantos los pobres que acudían al hospital de todas enfermedades, y a ninguno se
le negaba la puerta, como siempre fue y es costumbre en este hospital, no
cabían de pies, y era mucha la estrechura que tenían, y grande la necesidad de
buscar lugar más capaz, porque todos cupiesen y tuvieren holgura. Acudieron con
esta necesidad al Arzobispo don Pedro, el cual era menester poco para que
acudiese luego con todas sus fuerzas a semejantes necesidades. Y él, visto lo
que pasaba, procuró poner remedio en ella; y así, considerando dónde habría
lugar dispuesto y espacio para ello, y en el común cómodo cerca de todo lo de
la ciudad, y fuera della por el aire, parecióle que no había alguno mejor que
adonde ahora está el hospital, que era un suelo de la ciudad, junto a otro que
era de los frailes de sant Hierónimo, donde decían que había sido sant
Hierónomo el viejo; y concertó con la ciudad y con los frailes, que para una
obra pública y tan necesaria como ésta, que diesen cada uno lo que les
pertenecía del solar, donde se edificase el hospital, y que él ayudaría para la
obra, y lo demás se haría de las limosnas de los fieles que se pedirían para
eso, y que asimismo los frailes gastasen allí ciertas limosnas que un Obispo de
Guadix, llamado don Antonio de Guevara y Avellaneda, les había dexado en su
muerte, para que en esta ciudad lo gastasen en los pobres y obras pías; y como
ninguna había más pía que está, que aquí se emplearía bien. Concertado esto con
todos, la obra se comenzó, y el Arzobispo ayudó luego con mil seiscientos
ducados, y el Padre Avila, que al presente estaba aquí, comenzó a divulgar la
obra por los púlpitos y encargalla a todos, que ayudasen con sus limosnas. Y
era tanto lo que este varón podía y estaba acepto al pueblo, que en breve
tiempo le acudieron todos (como antiguamente a Moisen) para la edificación y
ornato del tabernáculo de Dios. Porque uno traían dineros en grueso y otros
bastimentos y peones, y otros ropa, y las mujeres sus manillas y zarcillos y
sortijas y todo género de joyas, con tanto hervor y devoción, que en breve se
allegó mucha limosna, y la obra iba creciendo, y se acabaron los tres cuartos
que ahora están hechos, y el Arzobispo dio dineros con que se hiciesen de
presto puertas y ventanas y atajos, y se pasasen los pobres, como se pasaron, a
las nuevas salas donde ahora están, que aun la obra no está acabada. Y la causa
ha ido, porque el demonio, que nunca duerme, sino como sembrador de cizaña,
quiso meter su mano en esto, que vio que tan próspero iba en el servicio de
nuestro Señor; y por los medios que él suele, dio orden en que hobiese pleitos
entre los frailes y los hermanos, que hasta hoy duran, y aun no están
averiguados. Que no es de mi intento tratallos, porque son cosas que van por
tela de juicio; y en el de Dios, si pareciesen, presto se averiguarían, pues
redunda de aquí que muchas buenas obras cesen: dexémoslo a él, y volvamos a
decir el orden de los hermanos.
CAPITULO XXIII
DE EL ORDEN QUE HOY DIA TIENEN LOS HERMANOS DEL HOSPITAL DE IOAN DE DIOS, Y EL
FRUCTO QUE POR TODAS PARTES HAN HECHO.
Fue tan grande el exemplo de vida que dexó Ioan de Dios, y lo mucho que agradó
a todos, que muchos se animaron a imitalle y seguir su pisadas, sirviendo a
nuestro Señor en sus pobres y exercitándose en el oficio de la hospitalidad por
sólo Dios; para lo cual no son menester letras ni estudios, sino mucho
menosprecio de mundo y de sí, y mucha caridad y amor de Dios. Y por eso se
animaron y animan a entrar personas de todas edades y estados, que para otras
órdenes no eran útiles por fatalles letras. El orden que tienen en recebillos
es este: Entran en el hospital examinados de el intento que traen de servir a
nuestro Señor, si es derecho; y siendo tal, recíbenlos y hacen que en hábito
honesto pardo sirvan a los pobres y en el oficio que les mandaren por algunos
días: algunos, dos y tres y seis años, según les parece que hay necesidad;
donde les prueban en toda humildad y honestidad; y si salen tales, después de
pedillo con mucha humildad al hermano mayor y rector, danles el hábito. Y así
están con él también por algunos años, hasta que les hallan beneméritos para
dalles la profesión; que así esto como su orden de vivir y proceder, en todo
parecerá como en las constituciones de la orden, que adelante se pondrán, y por
eso no lo digo aquí. Están de ordinario en esta casa de Granada diez y ocho y
veinte hermanos; exercítanse en asistir en las enfermerías curando los pobres
parte dellos, y otros sirven los oficios de la casa, y otros salen por la
ciudad a pedir limosna, que la tienen repartida en parroquias; cada uno pide la
suya, y otros salen fuera por la tierra y comarcas a pedir trigo y cebda y
queso, aceite, pasa y las demás cosas necesarias a la vida. Y con esta
industria llegan limosna bastante para el sustento del hospital, y con la poca
renta que él tiene lo provee nuestro Señor, de manera que se sustentan de
ordinario ciento y veinte camas y treinta sirvientes sin los hermanos, y
algunas veces en tiempo de necesidad hay trescientas y cuatrocientas camas, y
todos se sustentan y curan con la providencia de nuestro Señor, no sin justa
admiración de todos; porque tuvo y tiene siempre, desde el principio, este
hospital una cosa heredada del bendito Ioan: que no se desecha pobre que
llegue, ni hay camas limitadas, sino a todos reciben cuantos llegan, y aunque
no haya cama tienen por mejor hacelle echar en un zarzo de anea mientras la
hay, y allí mantenelle y sacramentalle, que no sin nada desto que se mueran por
los suelos. Todos los sirvientes que aquí entran sirven de caridad por amor de
Dios, y a ninguno se le da salario. Y así es mejor servida la casa que en parte
del mundo, porque todos entran por salvar sus ánimas exercitándose en la
caridad; y así cada uno hace lo que más puede, sin que sea menester
reprehensión.
No sólo se ha hecho aquí el fruto que está dicho, sino que desta casa, como de
cabeza, han salido hermanos de mucho exemplo, que han fundado hospitales en
otras muchas partes, donde se hacen muchas buenas obras nacidas de aquel
granico que nuestro Señor sembró en Ioan de Dios, a su imitación y exemplo.
Porque de aquí salió Marín de Dios, que fundó el hospital que los hermanos
tienen en la ciudad de Córdova, que antes era el hospital de sant Lázaro y el
Rey se le dio a este hermano, y allí fundó un muy buen edificio donde hay
muchas camas, y tiene buena renta ya de trigo y dineros. este hermano fue de
muy sancta vida, muy penitente y anduvo siempre secalzo, y así acabó
sanctamente.
En la villa de Lucena en el Andalucía, que es del Duque de Segorbe, fundó un
hospital un hermano desta casa llamado Frutos de sant Pedro, donde se curan los
pobres que por allí acuden. En la ciudad de Sevilla fundó el hospital, que
llaman de las Tablas, el hermano Pedro Pecador, que fue desta casa; y llamóse
de las Tablas porque al principio fue su intento que sirviese de acoger de
noche los peregrinos y desamparado, y así ponían unas tablas a la larga, donde
dormía mucha gente con la ropa que había; y después hizo enfermería, donde se
curaban los que había enfermos de aquellos que allí recogía. Y este hospital se
pasó después a la placeta de sant Salvador, donde ahora está, y se llama de
nuestra Señora de la Paz, y tiene sesenta camas, todas de incurables; y el otro
de las Tablas se quedó así para que sólo sirviese de acoger a los peregrinos de
noche, como sirve, y tienen cuidado dél los hermanos deste otro hospital, que
son doce y viven con mucho orden y religión; y porque de la vida deste hermano
haremos capítulo por sí, porque es muy memorable y ya pasado desta vida, aquí
no digo más.
En Roma y Nápoles hay también hospitales desta orden. Y su principio fue este:
que como los hermanos desta casa de Granada fuesen allá, en vida del Sumo
Pontífice Pío quinto, de felice recordación, por causa de defender el pleito
que traían con los frailes de sant Hierónimo; como su oficio no es pleitos sino
hospitalidad, y vieron que estaban ociosos, el hermano fraile Sebastián Arias
comenzó a fundar un hospital en la ciudad de Roma con favor del Sumo Pontífice,
que le agradó su instituo y el ver con cuanta caridad se exercitban en la cura
y cuidado de los pobres; así lo favoreció tanto, que no sólo dio calor para que
esta obra se hiciese (que en cinco meses se pusieron sesenta camas y otras
ayudas que les hizo) pero procuró reducir los hermanos a orden y religión; y
para que fuesen verdaderos religiosos les concedió una bula muy favorable en
que, entre otras cosas, les mandó militasen debaxo de la regla de la orden de
sant Agustín, y que así lo profesasen, como todo parecerá por la bula, que a la
letra pondré adelante. Y nuestro muy Santo Padre Gregorio XIII, que hoy
felicemente preside en la Iglesia Romana, les ha sido y es muy favorable, y les
concedió por protector al Reverendísimo Cardenal Gavelo (Sabello), su vicario,
para que los defendiese y amparase en todas sus necesidades, como lo hace con
mucha caridad y benevolencia.
En otras partes hay también fundados hospitales desta orden en España, que dexo
por evitar proxilidad; sólo digo, que hará pocos días que hasta las Indias
occidentales ha volado la fama de Ioan de Dios, y cuan útil es su orden para el
ministerio de la hospitalidad; pues que enviaron a esta casa de Granada cartas
del Perú, Panamá y Nombre de Dios, de hospitales, que allá están fundados las
cabezas dellos, sujetándose y sometiéndose a la obediencia y sujeción de esta
casa y a su orden y instituto, y pidiendo con mucha instancia les enviasen la
orden de su vivir y constituciones de los hermanos y la bula que tienen, porque
querían allá introducir la orden suya, para que los pobres se curasen con la
claridad que convenía. Y así se les envió, como lo pedían, en el año pasado de
mil y quinientos y ochenta y uno. Por donde me parece sería mucha razón que
todos los príncipes cristianos les favoreciesen, y procurasen su aumento y el
ayudar con limosnas las casas; pues es un bien tan común y universal, y que
resulta en tanta utilidad de sus reinos el haber una orden que con la caridad
que se debe y sin interés humano se exercita en la cura y cuidado de los
pobres, y en sufrir los hedores y inmundicias que tal oficio de fuerza trae
consigo. Por lo cual con ningún interés se podían hallar personas que lo
exercitasen como se debía, porque naturalmente a todo hombre da horror, y si
esto no se vence con caridad, no hay otras armas para él. Y habiendo proveido
nuestro Señor orden, que sólo su instituto sea éste, con tanta misericordia, y
que por sólo su amor lo hagan con la caridad que se debe, es digno de
retribuille muchas gracias por ello, y que todos los que tienen desto
conocimiento y desean su gloria y el bien común, lo favorezcan y amparen, cada
uno con lo que más pudiere; pues demás de esto es gente toda los hermanos muy
virtuosa y de mucho exemplo, y que entre ellos ha habido grandes hombres en
sanctidad y vida. Y porque se entienda algo desto, haré aquí en breve mención
de la vida de uno, que es pasado desta presente; y aunque de otros pudiera, no
lo haré, que aun no es tiempo; porque algunos aun viven, y los que los que han
muerto está aún reciente su memoria y tuvieron todos noticia dellos, y así no
me pareció era ahora necesario alargar más la historia.
CAPITULO XXIV
DE LA VIDA DE PEDRO PECADOR
Bien parece cuan diferente es la prudencia y saber de los hijos de Dios, de la
de los hijos deste siglo; pues éstos, llenos de hipocresía, buscan nombres y
ditados, a su parecer honrosos y ilustres y que en este mundo son de estima,
para con ellos encubrir sus faltas y lo que no tienen de virtud, y así parecer
lo que no son; y lo otros, por el contrario, como de verdad les pertenezca y
esté bien todo buen nombre, ellos buscan los más baxos y abatidos, para que
pareciendo tales, encubran el tesoro que del Señor tienen recebido, y le den
honra cofesando por aquí su gran clemencia; pues a hombres tales hace favor y
merced y se acuerda dellos, siendo él quien es. Y esta fue la causa porque este
santo varón tuvo por bien de llamarse Pedro Pecador; porque, como de verdad él
estuviese muy fundado en el conocimiento proprio y estimación de Dios, por la
lumbre que su Majestad fue servido de comunicalle, cuanto más sube esta
balanza, más baxa la del conocimiento de su propria miseria y poquedad. Y así,
de tan subida empresa ningún blasón de armas le pareció podía sacar más honroso
que denotara el hecho, que tomar por nombre Pedro Pecador. Y bien denotó esto
en la escuela que había aprendido, y que su vida había de ser tal como la de
los varones señalados; pues a muchos que nuestro Señor quería hacer tales, para
dallo a entender, les mudaba los nombres en otros de los que antes tenían. Este
fue tal, según los muchos barruntos que dél tenemos, que meritísimamnte se
pudiera hacer libro por sí de su vida, y loores de sus grandes virtudes, gran
penitencia y amor perfectísimo de Dios y del próximo, su vida eremítica de
muchos años, de la soledad del monte. Y esta fue la causa de saberse poco
della; porque con mucha dificultad y por sólo Dios podía ser atraído a que
viviese en lo poblado, como se verá en lo que dél diremos, que será en suma lo
que dél hemos podido saber, y es así.
Fue Pedro Pecador natural desta Andalucía; el lugar particular no se sabe, ni
el camino por donde fue su conversión y el seguir tan de veras el camino de
nuestro Señor; salvo que desde bien mozo, y a los principios en la ciudad de
Iaén, se exercitaba en trabajar por sus manos, y de allí comía. Y este estilo
llevó siempre (como el apóstol S. Pablo) que siempre quiso comer de su trabajo
y nunca pedía donde quiera que estuvo. Echaba agua por las calles con dos
cántaros a cuestas y de allí comía; y lo que le sobraba de su muy abstinente y
limitada comida, daba a los pobres, y luego recogíase a su rincón y dábase a la
oración, no siéndole impedimiento para esto la delicada cena ni la blanda cama
(porque era el duro suelo), y su vestido siempre fue muy áspero de xerga y en
la forma que los demás, mientras anduvo en lo poblado. Siempre anduvo descalzo
muchos años, hasta que por vejez mucha que tenía y obediencia, le hicieron
calzar. Desde Iaén se fue a una ermita, que había en un áspero y solitario
monte en tierra de Málaga, donde estuvo muchos años haciendo vida angélica, y
comía del trabajo de sus manos (como está dicho) haciendo cucharas y cestillas
y otras cosas de palo, que vendía y de aquí se sustentaba; y de creer es que le
sucederían aquí hartas cosas dignas de saberse o de que no tenemos noticia, por
ser él hombre en extremo callado, y que no hablaba palabra que no fuese movido
de la gloria de nuestro Señor y aprovechamiento de el próximo; pero déxase
entender, por los efectos que le veían, que salía de allí tan abrasado en el
amor de nuestro Señor, que cuando iba a las ciudades comarcanas, el fructo que
en ellas hacía lo daba bien entender, como luego se dirá. de aquí le dio
voluntad de ir a visitar los lugares sanctos de la ciudad de Roma y las
reliquias de los apóstoles sant Pedro y sant Pablo; y poniéndolo en efecto, fue
con muy grandes trabajos que pasó a la ida y vuelta, de hambre y fríos y soles
por el poco abrigo que llevaba, descalzo y sin algo en la cabeza. llegado allá,
visitó con grande devoción y lágimas aquellos lugares que tanto había deseado,
besando el suelo y piedras teñidas con la sangre de tantos mártires. Y como
siempre, donde hallaba ocasión, su plática era de procurar el bien y
aprovechamiento de todos, y el encaminar las criaturas a su criador, demás de
otros con quien habló, topase un día en una ocasión con un judío, que
agradándole ser mozo modesto y de buen gesto y agudo entendimiento, le comenzó
a hablar de su salvación, y el error en que estaba en querer seguir ley que
había cesado con la venida del Mesías; que de verdad había venido el prometido
de Dios por todos los profetas, que ellos locamente todavía esperaban; y tales
cosas le supo decir, ayudándole nuestro señor y dando lumbre al judío, que le
convirtió y hizo confesar la verdad; el cual pidió el baptismo, el cual se le
dio con mucha fiesta en Roma; y le persuadió que por quitarse de ocasiones, de
que topándose y conversando con los otros judíos que allí hay, no le
pervirtiesen, que se viniese con él a España; el cual lo hizo, y así se volvió
con él a España.
Vuelto de Roma, se fue derecho a Sevilla, y traía tan afilados los aceros, que
desnudo y descalzo y ceñido con una soga, entró por todas las calles haciendo
penitencia pública, y dando voces a todos que la hiciesen, diciendo tales
cosas, con tales amonestaciones y palabras tan vivas, que atravesaba los
corazones de los que las oían, y que bien parecía que salían con fuego del
Espíritu Sancto, pues en muchos hizo gran fructo; y dexado el mundo, siguieron
a Cristo nuestro redemptor por diferentes caminos: unos en religión, otros
siguiendo lo que él hacía, como se dirá. Y era un modo de decir el suyo tal,
que no parecía que él hablaba, sino que otro le movía la lengua, porque él
andaba absorto y tan elevado, que andando por medio de las plazas, parecía que
ni vía ni oía a nadie, sino que andaba como solo en el monte, y sus palabras
eran pocas, y tales y con tanta viveza dichas, que hasta hoy las oyó alguno,
por olvidado que fuese de las cosas de Dios, que se le olvidasen y que dexasen
de ponelle en admiración. desta manera y con este modo anduvo toda la tierra de
Sevilla, donde con los hermanos que se le habían llegado, fundó el hospital de
las Tablas, en la forma que queda dicha, y allí se exercitó muchos días curando
y sirviendo los pobres y saliendo por las calles, y en lugar de pedir decía
verdades y sin pedir le daban todos limosnas para los pobres. Y porque no fuese
visto que todo lo procuraba para los otros, y que olvidaba su aprovechamiento y
su antigua vida del monte y la oración, de cuando en cuando recogía los
hermanos y hacíales una plática, amonestándoles cuán necesario era acudir los
hermanos, y que en el tráfago de Sevilla se podía mal hacer, como se debía. Y
así, dexado uno en el hopital, con los demás se iba a la sierra de Ronda, a lo
más áspero della, y en una cueva se metía, y allí se daba muchos días a la
oración y meditación, y enseñaba a los suyos cómo lo habían de hacer, como
maestro que tantos año había que lo usaba. Y asimismo les enseñaba a trabajar
de sus manos, para evitar la ociosidad y procurar el sustento necesario. Y de
aquí, después de algunos días, veces un año y más, se volvía a la ciudad, y así
sustentaba la una vida con la otra, y criaba hermanos de mucha virtud, exemplo
y santidad y de mucha penitencia; porque él les daba tal exemplo, que esa era
bastante amonestación para hacellos tales, porque era muy áspero para sí y muy
abstinente. Y acontecíale, del andar descalzo y topar por aquellos riscos,
hacérsele grietas tan grandes, que por no tener otra cura, por los duros callos
que en los pies tenía, agujerarse con un alesna, y cosía las grietas con unos
cabos en que cosen los zapatos. Aconteció un día, que estando en la sierra con
un solo compañero, que hoy vive, fueron por ella a buscar madera para hacer
cuchares y taravillas, y viniendo por el camino no habían comido, y venían
tratando cómo en la cueva no había de comer, y venían desfallecidos; y llegados
a la cueva, vio Pedro Pecador encima de un poyo un pan grande muy blanco y
junto dél una aceitera llena de aceite, y vuelto al compañero con muchas
lágrimas le dixo: Mirá, hermano, cómo el Señor piadosísimo ha tenido cuidado de
proveernos sin merecello. Y hincados entrambos de rodillas dieron por muy gran
rato gracias a nuestro Señor, que había hartado sus almas de devoción, vista
aquella merced, y sus cuerpos del sustento necesario.
CAPITULO XXV
DE LA VENIDA DE PEDRO PECADOR AL HOSPITAL DE IOAN DE DIOS, Y DE SU MUERTE.
Aunque el buen Pedro Pecador deseaba a tiempo exercitarse en el servicio de
Iesu-Cristo en sus pobres, pero su principal deseo y contento era la soledad y
quietud; y así acudía algunas veces al hospital, y luego se volvía al monte.
Perecióle que era muy conoscido en Sevilla, y que cuando le vían le hacían más
honra de la que su mucha humildad y desprecio de mundo sufría; y así determinó
de no volver más allá, sino encomendó el hospital a un hermano llamado Pedro
Pecador el chico, de gran virtud y sanctidad y gran pieza, y que en Sevilla fue
grandemente bien quisto y querido de todo el pueblo, y él fuese a Granada al
hospital de Ioan de Dios, y allí hacía lo que le mandaban, saliendo por las
calles como en Sevilla, con sus acostumbradas amonestaciones, descalzo y
descaperuzado, y con los cabellos muy largos y un solo saco de xerga hasta en
pies y un Crucifixo en la mano, que sólo velle compungía a un hombre y le hacía
encoger; y diciendo las palabras y haciendo el fructo que en todas partes había
hecho. Y de aquí se volvía a la sierra, como solía, hasta que amonestado de
personas devotas sus conocidos, le persuadieron que se viniese de todo punto al
hospital de Ioan, y tomase allí el hábito: lo uno por su mucha vejez, que ya
era muy viejo, de casi setenta años, que no podía sufrir los trabajos del
monte; lo otro por el fruto que a todo hacía en la ciudad a pobres y ricos. El,
como no tenía voluntad, obedeció, pareciéndole que no era mal remate para la
vida eremítica que había hecho, acabar debaxo de profesión y obediencia. Y así
vino y tomó el hábito, y a cabo de algunos días profesó, y sirvió mucho en la
casa su buena vida y exemplo, y lo que llegaba para los pobres, teniendo los
exercicios que solía, y procurando con todo el aumento de la honra de Dios.
Juntaba en la plaza aquella gente ociosa y perdida, y hacíales unas pláticas
tan excelentes y con tanto espíritu, que tuvieran bien que aprender algunos de
mucho discurso y años de letras. tenía también por costumbre cada día madrugar
mucho y irse a las plazas donde se juntan las gentes trabajadoras del campo a
cogerse, y subíase sobre una mesa, y hincado de rodillas decíales toda la
doctrina cristiana con mucha devoción, como aquel que entendía que muchos de
los que allí se juntaban no la sabían, para que con el ordinario curso de oilla
la aprendiesen, y hacíales que respondiesen a ella. Traía de ordinario por las
plazas un niño Iesús en la mano, muy bien aderezado, y era cosa de misterio ver
la reverencia y acatamiento con que le traía, no desenclavando dél los ojos, ni
por cansancio ni por discurso de tiempo, afloxando desto un punto; y con ser
grandecillo, que pesaba razonablemente, nunca se cansaba de traelle todo el día
en una mano, sin mudalle a la otra, con ser tan viejo, tanto que admiraba a los
que lo veían. Y los viernes traía una cruz grande antes de llegar a la cueva. Y
cuando iba a ella, siempre había de pasar por la cruz, y arrodillábase delante
de ella, y decíale tantos amores y dulzuras y regocijábase tanto con ella, como
sancto Andrés cuando lo llevaban a crucificar. Levantábase en el hospital a
media noche, y íbase a la iglesia y hincábase de rodillas y gastaba hasta la
mañana en oración y en cantares que decía delante el Sanctísimo Sacrmento, con
gran devoción y simplicidad sancta, diciendo: ¿Quién me apartará del
crucificado? ni el demonio ni cuanto hay criado; y cantando su coplas del Señor
y de su amor. Y luego levantábase al son y bailaba, y tornaba a la oración; y
desta manera pasaba las más de las noches en dulce melodía de su alma. Y esto
mismo hacía algunas fiestas principales de pascuas y de otros sanctos, que
madrugaba mucho y se iba a su iglesia, y allí bailaba delante su altar,
diciendo algunas coplas en loor de la fiesta; y luego hincábase de rodillas y
oraba y volvía al baile con tanto espíritu que movía mucho los corazones de los
que lo alcanzaban a ver; porque, como queda dicho, él hacía todo esto tan
embebido en sí, y tan hacer caso de nadie, como si estuviera solo en el mundo y
no tratara entre hombres, pero no me maravillo; que de tratar tanto con Dios le
había cobrado tanta reverencia y amor, que por andar en sola su presencia,
compuesto y atento a lo que a su servicio convenía, había perdido el parecer
que no andaba entre hombres; pues porque en un punto no le fuesen impedimento
de asistir a Dios, no hacía más caso dellos que de piedras muertas; y de la
misma manera obraba y oraba en la plaza, como si estuviera encerrado en su
celda; que cierto ésta era una cosa muy de ponderar en él y muy notable, y que
algunos que tenían ojos para vello, les ponía en admiración y loaban al Señor
de habelle hecho tal su gracia y hábito de la buena vida. Era devotísimo del
Sanctísimo Sacramento y asimismo de nuestra Señora. Y los días de Corpus
Christi que se hallaba en Granada, salía puesto sobre el hábito alguna cosa y
en la cabeza, y iba bailando delante de nuestro Señor y cantando toda la
procesión; y con ser tan viejo no se cansaba, y con no saber bailar cosa
ninguna era tanta la gracia y espíritu con que hacía aquello, que dexaban de
ver todas las fiestas y se iban a ver a Pedro Pecador; y hombres espirituales
había que decían que se iban a ver a Pedro Pecador por hartarse de llorar de
devoción; y así les sucedía, porque daba tantos saltos delante nuestro Señor y
de la imagen de su madre, y decía tales palabras, que sin mucha dificultad
hacía prorrumpir en lágrimas. Llegóse el tiempo en que nuestro Señor tenía
determinado de dar descanso a su siervo y el premio de sus servicios y
trabajos; y porque se cumpliese bien el consejo que le habían dado de su parte,
que era buen acuerdo acabar con obediencia, fuéle impuesta obediencia que
tomase el camino; y fuese a Madrid a tratar ciertos negocios con el Rey, que
importaban a la casa; a lo cual él obedeció sin hablar palabra, aunque se le
hizo bien de mal; lo uno, por estar enfermo de vejez, que ella sola es
enfermedad; y lo otro porque él era inimicísimo de tráfagos y de cortes cuanto
era posible; y baxando la cabeza, fue llevando un asnillo, que el hermano mayor
le mandó llevar, aunque según se supo, él poco subió en él, porque no lo tenía
usado, sino de andar de pie toda la vida; y así en el comer se trató en el
camino harto ásperamente; porque llegado a Madrid, se fue a acoger a su
hospital de los hermnos, y allí, como era huésped, no quería comer en el
refitorio de los hermanos, sino a un rincón comía algunos regojos de pan duro
que traía en la capacha, y con esto pasaba. Comenzó a negociar, y dióle una
calentura que le duró algunos días y le puso en trabajo. Y conocido que aquella
enfermedad era la prostera, salióse de la Corte y fuese a Mondéjar, que es
cerca. Y estaban allí el Conde y Condesa de Tendilla, que ahora son Marqueses
de Mondéjar, que ellos y sus padres y abuelos han sido siempre muy piadosos y
cristianos, y tenido gran devoción con esta casa de Ioan de Dios y
favorecídole, y al presente le favorecen muy largamente con sus limosnas. Como
fueron mucho tiempo capitanes generales deste reino de Granada, y son alcaides
desta fortaleza insigne del Alhambra, y vivieron aquí siempre, conocían mucho
al buen Pedro Pecador, y así acogióse allá a morir; y entrando por su puerta
fuese a ellos, que holgaron mucho de velle. Y díxoles en entrando: acá me vengo
a morir; y agravándosele el mal le hicieron acostar en buena cama, y curaron
dél con gran caridad de todo lo necesario, como a sus mismas personas, y él en
lugar de los quexidos que otros enfermos dan, si hasta allí cantaba y decía
canciones amorosas a Dios, entonces las decía con mucha más dulzura y amor,
como el cisne cuando muere, que canta más dulcemente. Y como aquel que ya veía
al ojo el cumplimiento de sus deseos, y que se llegaba el día en que había de
ver a su amado Iesús; y recebidos los Sanctos Sacramentos con muchas lágrimas y
devoción, la noche que murió quedáronse solos con él el Marqués y Marquesa, por
gozar aquello poco que les quedaba de su angélica conversación y palabras
sanctas. Y comenzó a cantar y bailar y dar con los dedos, como solía, un cantar
sancto; y luego a decir muchas veces: Cogé desas flores, coge desas flores;
como aquel que ya veía las flores, que la Esposa dice, en los Cantares, que
habían parecido en nuestra tierra, que presto le habían de dar frutos, que
gozase en la bienaventuranza para siempre; y diciendo estas plabras espiró, y
dio el alma a su Criador. Quedaron todos tan consolados de ver esta muerte
seguida de tal vida (que es lo que hace el caso), que daban muchas gracias al
Señor. Y lo más del pueblo, teniendo noticia dello, a la hora acudió mucha
gente a vello y honrallo, como a sancto y hombre de Dios; y así los Marqueses
lo veneraron como a tal, y le hicieron hacer las obsequias con mucho cuidado y
muy hondamente. Y después de tenello en la iglesia a donde todos lo viesen,
algunos días, el Marqués mandó que se le hiciese un caxa de madera forrada en
cuero negro y en ella se metiese el cuerpo; y no queriendo, con el grande amor
que tiene a esta casa y hermanos, privalles del cuerpo deste sancto hombre,
hizo a sus criados que lo truxesen a esta casa en una acémila bien compuesto
como a tal. Y así vinieron con él a Granada, y con ser en tiempo de calor y
haber setenta leguas de camino, llegó aquí sin mal olor alguno, sino tan entero
como cuando murió, y había quince días que había muerto. Llegó a media noche, y
llegando al hospital con él, contó el hermano mayor: que estando despierto en
su celda antes que llamasen a la puerta, en el techo de su celda le dieron un
golpe tan grande, que pensó que el aposento y el cuarto iban al suelo. Y
saliendo de la celda a ver qué podía ser, no oyó nada, sino que todos estaban
quietos durmiendo; y oyó luego que a gran priesa llamaban a la puerta, y
llamado que viesen que era, dixéronle que era el cuerpo de Pedro Pecador, por
donde conoció que aquel golpe podría ser para prevenille de lo que a su casa
venía. Y así se levantó luego toda la casa a aquella hora, y con velas blancas
le salieron a recebir, y lo metieron en la iglesia con gran regocijo, y
queriendo hacelle el entierro que tal persona merecía, el Perlado lo impidió,
por los justos respectos que a él le parecieron, y mandó se enterrase luego, y
con todo eso no pudo ser con tanto secreto que no acudió mucha gente, y lo
sepultaron con mucha devoción de todos, viéndolo tan entero a cabo de tantos
días que había muerto, y alabaron a nuestro Señor, que es honrado en sus
sanctos y vive para siempre jamás. Amén.
CAPITULO XXVI
DEL TRASLADO EN LENGUA CASTELLANA DE LA BULA DE FUNDACION E INSTITUCION,
APROBACION Y CONFIRMACION DEL HOSPITAL DE IOAN DE DIOS DESTA CIUDAD DE GRANADA,
Y LA LICENCIA Y CONCESION QUE SE DIO AL HERMANO MAYOR Y HERMANOS QUE PIDEN
LIMOSNA PARA LOS POBRES DEL DICHO HOSPITAL, PARA QUE PROFESASEN Y TOMASEN
HABITO DE CAPOTE DEBAXO DE LA REGLA DE SANT AGUSTIN, Y HICIESEN VOTO DE
OBEDIENCIA AL PERLADO, POR EL MUY SANCTO PADRE PIO QUINTO DE FELICE
RECORDACION.
PIO OBISPO, siervo de los siervos de Dios, para perpetua memoria.
Aunque conforme a la obligación que tenemos a lo que toca al oficio de Sumo
Pontificado, a nos de lo alto encargado, nos convenga atender al provecho de
todos y cualquier píos lugares; principalmente nos toca mirar por los
hospitales y lo que en ellos habitan, y por los miserables pobres y enfermos
que en ellos se curan. Y de estos tales debemos tener más solicitud y cuidado,
cuanto mayores viéremos que son las necesidades, y mayor la pobreza de los que
en ellos están. Fuénos poco ha presentada una petición, por parte del amado
hijo Rodrigo de Cigüença, que de presente es hermano mayor del hospital que
dicen de Ioan de Dios de la ciudad de Granada. La cual contenía, que aunque es
ansí que en el dicho hospital de la dicha ciudad en la cual reside el Audiencia
real, a la cual suelen acudir gran número de forasteros a negociar sus pleitos,
agora de presente haya un hermano mayor y otros diez y ocho hermanos, que están
subjetos al dicho hermano mayor, los cuales se ocupan en pedir limosnas para el
dicho hospital, en el cual siempre se curan de diversas enfermedades, y
sustentan muchos pobres de Cristo incurables, viejos, mentecaptos, tollidos,
perláticos, el número de los cuales suele subir a cuatrocientos y más, en cuya
cura y sustento se suele gastar suma de diez y seis mil ducados y más, de lo
que se llega de las limosnas que los fieles cristianos suelen dar a lo dichos
hermanos cada año, y de lo que los dichos hermanos por su industria piden y
buscan para caritativamente sustentar a los pobres.
Y como el tal número de pobres de Cristo, en el tiempo de la guerra que el año
pasado hubo contra los revelados en el reino de Granada haya crescido, y no se
lleguen agora tantas ni tan cumplidas limosnas como de antes se solían hacer, y
los dichos hermanos, aunque con grandísimo trabajo, no cesen de lo que han
comenzado, antes con gran fervor la dicha tan loble obra y siempre la prosigan.
Demás desto, cresciendo la malicia de los hombres, algunas personas legas,
movidas por avaricia sin temor de Dios nuestro Señor, vistiéndose con falso
título del hábito llamado capote comúnmente, que es de paño de sayal en
aquellas partes de que suelen vestirse los dichos hermanos, ansí de los
sobredichos hospitales como de los de la ciudad de Córdova y de Madrid,
diócesis de Toledo, y de la villa de Lucena, diócesis de Córdova,
respectivamente, casas fundadas a la manera del dicho hospital de la ciudad de
Granada, y en los cuales se suelen exercitar las semejantes obras de caridad
que los dichos cofrades del dicho hospital de Granada suelen hacer, se han
atrevido a pedir limonas y buscarlas y gastarlas en malos y dañosos usos, en
grandísimo perjuicio del sustento necesario de los pobres y de las personas que
en los dichos hospitales habitan. Y según en la dicha petición se contenía, nos
haya suplicado humildemente el dicho Rodrigo, que para más fácilmente quitar y
estorbar que no hubiese las tales cosas, que convendría que ansí a los dichos
hermanos de Granada, como a los demás de los de Córdova, villa de Lucena y los
demás hospitales que conforme a esto se erigiesen o por tiempo fueren, se les
diese licencia, que sobre su vestido de capote que suelen traer, se pusiesen un
escapulario del dicho paño de sayal que les llegase hasta las rodillas, para
que fuesen conoscidos más fácilmente de todos los fieles cristianos que dan
limosnas, y se diferenciasen de los que no son hermanos y con falso título de
los dichos hospitales o de alguno dellos con fraude y malicia piden las
limosnas. Y ansímesmo que a cada uno de los dichos hospitales y a los demás que
a forma dellos se erigiesen, entre los dichos hermanos haya uno que sea
sacerdote, que traiga el semejante hábito y escapulario, el cual diga misa,
celebre los divinos oficios y administre los sacramentos, ansí los dichos demás
hermanos como a los pobres de Cristo que estuvieren en el dicho hospital; el
cual les predique y enseñe la ley divina y que se les de licencia puedan pedir
y rescibir limosna para el sustento de los dichos pobres de los tales
hospitales, no solamente en las ciudades y pueblo en que los dichos hospitales
están, sino en todo su districto, diócesis y provincia. En todo nos pidió que
tuviésemos por bien de favorescer su piadoso deseo, y suplicó mirásemos por la
utilidad de los dichos hospitales y bien de los pobres, y proveyésemos de
conveniente remedio, según la benignidad Apostólica.
Por tanto nos, deseando con purísimo afecto la ayuda de los pobres y
consolidación del dicho Rodrigo y hermanos y el tan loble y piadoso propósito,
y absolviendo al dicho Rodrigo de todas y cualesquier sentencias, censuras y
penas, a iure vel ab homine, por cualquier ocasión o causas pronunciadas, si en
ellas hobiere en alguna manera incurrido, para conseguir el efecto de las
presentes por su tenor dellas, y dándolo por absuelto. Inclinados a las dichas
peticiones, por la autoridad apostólica y tenor de las presentes, para siempre
jamás, damos licencia y concedemos al dicho Rodrigo y a todos cualesquier
hermanos de los dichos hospitales que agora están fundados o adelante se
erigieren, con tal que vivan debaxo de la regla de sant Augustín, que
continuamente puedan traer, sobre sus vestidos o el capote que suelen traer, el
dicho escapulario que llegue hasta las rodillas, del mismo paño que dicen
sayal; y que puedan tener un hermano sacerdote en cada uno de los dichos
hospitales, que sea hermano y traiga el mesmo hábito de paño, con que sea
mayor, más ancho, como conviene a la decencia sacerdotal, el cual agora por
esta primera vez elija el Ordinario a su parescer. Y que puedan pedir a todos
los fieles cristianos limosnas para los dichos hospitales y sustentos de los
pobres de Cristo y de las personas que en ellos residieren, ansí en las
ciudades, villas y lugares en que estuvieren fundados los dichos hospitales,
como en todos su districtos y provincias; y libremente lo hacer, rescebir,
gastar y convertir en los usos de los dichos hospitales y pobres de Cristo. Y
ansí mesmo para siempre jamás sometemos y subjetamos, ansí al dicho sacerdote
como al llamado hermano mayor y a los demás hermanos, a la jurisdición,
visitación y obediencia del Ordinario donde estuvieren; y que el dicho hermano
mayor y los demás hermanos estén obligados cada un año a dar buena cuenta, fiel
y legal al dicho Ordinario del lugar, cuando a él le paresciere, de todas las
dichas limosnas que se hubieren rescebido en el dicho hospital durante el
tiempo de la tal administración, y no a otra ninguna persona.
Y para siempre jamás ordenamos que los hermanos que agora son o por tiempo
fueren de los dichos hospitales, que después de haber rescebido el dicho hábito
no lo puedan dexar ni dar ellos a otro, si no fuera de consentimiento de todos
los otros hermanos del dicho hospital donde se hubiere tomado el dicho hábito,
so pena de excomunión mayor, en la cual, ipso facto, incurran. Y estrechamente
inhibimos a todas y cualesquier personas, de cualquier estado, grado, orden y
condición que sean, si no fueren los Ordinarios de los tales lugares, que por
ninguna causa ni vía ni pretensión se entrometan a regir, gobernar o
administrar los dichos hopitales o los que conforme a estos se rigieren, so la
dicha pena. En la cual ansí mesmo incurran, ipso facto, lo contrario haciendo.
Decerniendo que el dicho hermano mayor y los demás hermanos de los hospitales
que agora son o de aquí en adelante se fundaren, que en ningun manera puedan
ser perturbados, vexados, molestados en la administración, gobierno o
regimiento de los dichos hospitales por cualesquier personas de cualquier
estado, grado, orden y condición que sean, aunque sea con pretensión de
haberles fabricado en todo o en parte en los tales hospitales, o por cualquier
pia manda o legado que hayan en ellos hecho. Y que las presentes letras en
ningún tiempo deben ser notadas de vicio de subrepción o brepción, ni querer
saber qué haya sido la causa de nuestra intención, o que sean de algún defecto
notadas, impugnadas, invalidadas por cualquier causa o razón, ni deban ser
traídas en juicio ni en pleito, o reducidas a los términos del derecho, y que
no se pueda impetrar otro remedio de derecho o de gracia contra ellas y que no
estén obligados a verificar la causa o causas ante el Ordinario del lugar, o
otro cualquier juez delegado que use de cualquier facultad, la causa o causas
porque las presentes de nos emanaron. Y por eso no dexen de tener su fuerza sin
alegar haber sido ganadas por sobrepción, y que el dicho Rodrigo no esté
obligado a verificar lo dicho, ni sean incluídas debaxo de cualesquier
cláusulas se semejantes o diferentes gracias concedidas, ansí por nos como por
los Romanos Pontífices nuestros sucesores, aunque sean con cualesquier
cláusulas derogatorias y otras más eficaces y extraordinarias, o por otros
decretos que andando el tiempo se hicieren, de cualquier tenor que sean. Sino
que sin embargo dellas permanezcan en su fuerza y vigor, y que tantas cuantas
veces las tales emanaren, éstas se queden en su antigua fuerza y vigor, y como
si de nuevo fueran revaliddas, aunque estén de nuevo despachadas con data, y se
ganaren ansí por el dicho Rodrigo o el que fuere hermano mayor del dicho
hospital, porque esta es nuestra incomutable voluntad, y por tal se debe de
tener y juzgar por cualesquier jueces comisarios de cualquier autoridad que
sean, quitándoles a ellos y a cada uno dellos la facultad de juzgar o
interpretar de otra manera. Y que todo lo que cualesquier personas, por
cualquier autoridad que sea, sobre esto se intentare, sabiéndolo o de malicia,
sea de ningún valor ni efecto. Por lo cual por las presentes mandamos a
nuestros venerables hermanos del Arzobipo de Granada y a los obispos Amerinense
y de Córdova, que ellos o los de ellos o el uno por sí o por otro, que por la
dicha nuestra autoridad, luego que fueren requeridos por parte del dicho
Rodrigo o del dicho hermano mayor que fuera del dicho hospital, publicándoles
solemnemente las dichas letras, las hagan cumplir con efecto y guardar en todo
y por todo, como en ellas se contiene. Y que los dichos Rodrigo y los que por
tiempo fueren hermanos mayores gocen pacíficamente de las cosas dichas y cada
cosa dellas conforme al tenor de las dichas letras, y no permitan que ellos o
alguno dellos de cualquiera sean indebidamente molestados, perturbados o
inquietados, poniéndoles silencio a los que lo contradixeren o fueren rebeldes
en obedescer a las cosas sobredichas por censuras y penas eclesiásticas o otros
convinientes remedios de derecho, sin les otorgar apelación y guardando la
forma y tenor de lo que sobre esto se procesare declararlos haber los dichos
incurrido en las tales censuras y penas y repetirlas, agravándolas, e invocar
el brazo seglar si para ello fuere necesario. No embargante las constituciones
ordenaciones de Bonifacio Papa Octavo, de felice recordación, nuestro
predecesor, o el Concilio general de las dos dietas, con que por virtud de las
enores y formas, y con cualesquier cláusulas y decretos, aunque sean por motu
propio y cierta sciencia, y con la plenitud de la autoridad apostólica en
contrario concedidas, confirmadas innovadas todas las cuales, aunque dellas y
del tenor de todas ellas se hubiese de hacer especial y expresa mención en
alguna otra forma que se hubiese de guardar, como si de verbo ad verbum, sin
dexar algo se hubiese de enxerir en su forma y tenor, como si aquí fueran
insertas, se hayan por bastantemente referidas, quedando aquéllas en cuanto a
lo demás por agora en su fuerza y vigor, porque especial y expresamente las
derogamos cualesquier cosas que en contrario fueren, aunque alguno en general o
en especial por la Sede Apostólica le haya sido concedido, que no pueda ser
entredicho, suspendido o descomulgado por letras apostólicas, no haciendo entra
y expresa mención de verbo ad verbum deste indulto.
Ningún hombre se atreva a romper esta nuestra carta de absolución, concesión,
facultad, subjectión, ordenación, estatuto e inhibición, decreto, mandato y
derogación, o con presumpción temeraria ir contra ella, y el que presumiere
atentarlo entienda que incurre la indignación de Dios omnipotente y de los
bienaventurados sant Pedro y sant Pablo sus apóstoles. Dada en Roma a sant
Pedro en el año de la Encarnación de nuestro Señor Iesu-Cristo de mil y
quinientos y setenta y un años, a primero de Henero, en el sexto año de nuestro
Pontificado.
Laus Deo.
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